sábado, 26 de marzo de 2011

La Falcata de Viriato

No se a vosotros, pero a mi me resulta doloroso que una obra presentada a un certamen literario, no consiga el exito que esperaba. Inicialmente me desespero. Me entra una especie de depresión que durante unos dias, temo poner mis dedos sobre el teclado para seguir escribiendo algo empezado, o documentarme sobre la siguiente novela que persigo escribir. Mas tarde, cuando se pasa esa impresión, mi labor con escritor suele aparecer con mas fuerza y coraje.
El ganador no tiene la culpa, pero en mi interior siento una especie de odio. Menos mal que segundo a segundo se transforma en envidia sana, hasta llegar a compartir parte de la segura alegria que en este caso, debe sentir ALFONSO MATEO-SAGASTA, insigne escritor ganador del III Premio de Novela Histórica, Caja de Granada 2010, con quien compitió mi novela, evidentemente no premiada,  bajo titulo La Falcata de Viriato.
Hasta hoy no he querido incluirla en mi bibliografía,  pues a nadie puede molestar conocernos, tras estar ocultos desde hace casi dos años.
Va pues mi orgullosa Enhorabuena al ganador, a quien por cierto sigo desde hace tiempo a traves de sus novelas, ahora que se han disipado esos sentimientos negativos. Pero una cosa advierto, el año que viene espero que él sea quien transmita su felicitación.
Mis seguidores, amigos y lectores pueden no obstante leer algunos de sus capitulos pinchando en el enlace:

viernes, 4 de marzo de 2011

¿Tiene usted buena hora?


Mi otro trabajo; me refiero al que me procura lo suficiente para seguir escribiendo, es decir, viviendo; me obliga a viajar por la ciudad de Madrid y sus alrededores con una frecuencia diaria. Y claro, dada la situación por la que atraviesa el país en su conjunto, suelo realizarlo en transporte público. De esa forma sigo las recomendaciones dadas por algunos ministros del gobierno – no deseo entrar en disquisiciones- La verdad, el ahorro es considerable.

Pero ya es suficiente,  entraré en materia. Son muchos los trayectos que realizo en el metro, a veces con distancias importantes y tiempo suficiente como para no perderlo escuchando conversaciones ajenas, o interpretaciones musicales con los consabidos acordeones en manos de ciudadanos de Rumania – por cierto dañan a cualquier oído que se precie – Bien. Pues desde hace una temporada he podido constatar algo que ha llamado poderosamente mi atención. Se trata de algo esencial en el comportamiento ciudadano: el respeto hacia los demás viajeros. No suelen practicarlo. Y no lo hacen en dos vertientes.

Una: Toman los vagones del metro como salas de ensayo. Suelen reunirse mas de seis músicos con sus correspondiente instrumentos raídos y sucios, y pese a no estar autorizado interpretar canciones o piezas musicales dentro de los vagones, hacen caso omiso y durante el trayecto, y hasta llegar a una estación situada en el centro de la ciudad, donde actuarán durante horas, se mantienen interpretando, con mas entusiasmo que acierto, cualquiera de las del top de hace mas de tres décadas.

En ocasiones he comprobado como algún viajero, molesto, les han pedido con educación, el cese de esa actividad profesional  sin que por supuesto aceptaran dejarlo. Y claro, en esas ocasiones, quienes aparentemente velan por el cumplimiento de las normas en el suburbano, no están visibles para solicitar su ayuda. Tal vez se ven abocados a salir a la superficie para exhalar el humo de un cigarrillo. Pero esa es otra historia. Y los cansados viajeros, o clientes como ahora se nos denomina, optamos por abandonar el vagón con el fin de no sufrir mas o entrar en discusiones que tal vez acabarían mal.

La otra, la segunda vertiente es: A los ciudadanos rumanos les gusta hablar a gritos. Sí. También lo he constatado. ¿Qué como lo se? Muy fácil. Vivo en un barrio a cuatro estaciones de metro de un núcleo donde ellos residen y los veo cada día. Es curioso su comportamiento. Si viajan juntas dos personas, no supongan que se sientan una al lado de la otra. ¡No!, lo hacen separados, en diferentes grupos de asientos. Si posible separados por una importante distancia. Pero aquí no acaba la cuestión, comienza. Se ponen a hablar y al estar distanciados, no tienen más remedio que elevar el tono de voz para hacerse oír, máxime si el ruido del convoy aumenta en algunos túneles. Conclusión, los únicos que vocean y se les oye en la distancia, es a ellos.

Tanto unos como otros, son molestos. ¿Qué hemos de convivir? Naturalmente. ¿Qué alguien debería decirles que eso no es un comportamiento adecuado? También. ¿pero quien? Personalmente opto por salirme del vagón, y si el tiempo me lo permite, espero a otro convoy. Fundamentalmente porque me gusta ir leyendo y aunque no es lugar para concentrarme, ellos desde luego no me lo facilitan.

Hace dos días, pese a soportar su música imposible, me mantuve leyendo con esfuerzo hasta que un viajero me pregunto: ¿Tiene usted buena hora?.Le respondí: La mejor, la de salir a la superficie y huir de este castigo. Disculpe son las nueve y media de la mañana.

Pero claro, todo esto es mi visión personal.

© Anxo do Rego- 2011

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