miércoles, 25 de mayo de 2011

De mis paseos por Madrid. Calle del Barquillo


En mis paseos por Madrid, aunque en realidad obligados por mi faceta de trabajador, hoy miércoles 25 de Mayo de 2011 he aprovechado la cercanía de la calle del Barquillo, para visitar una antigua cafetería y recordar viejos tiempos. Aquellos en que mi labor como oficial de un bufete de abogados, me retenía hasta bien avanzada la tarde. Peleando con una antigua máquina de escribir Olivetti Lexicon-80 para acabar cuanto antes las notificaciones a los clientes de las ultimas Providencias y Autos dictados por los Juzgados, en los asuntos defendidos por el despacho. 

Casi nunca acababa a la hora prevista. Mi deseo era salir a una, en la que me diera tiempo a tomar un refresco en compañía de la pareja femenina de aquellos días, en Bocaccio. Ella, solía esperarme en la misma cafetería hoy visitada. Entonces llamada Riofrío, hoy Rocafria. 

Sin embargo, no me ha transportado al pasado. Ni me ha hecho recordar con agrado las horas y momentos de entonces. Al contrario, la he puesto, como a tantos otros establecimientos, una cruz negra para no volver a entrar. Aquello que entonces era un remanso de tranquilidad y un reducto de amabilidad y sonrisas, se ha convertido por arte de magia (dineraria claro está) en un vulgar establecimiento donde priman las voces, y los ruidos que imposibilitan consumir un mal y caro café, durante mas de cinco minutos. 

Además, al singular tratamiento que dan los ciudadanos a las conversaciones, mas bien gritos, se añaden; las voces de los camareros pidiendo al compañero la confección de tal o cual bocadillo; la música escalando las alturas hasta el techo, y a la que nadie hace caso, ni puede oír, pese al volumen; los numerosos y desagradables ruidos producidos por platos, cubiertos, vasos y demás utensilios, al estrellarlos contra el mostrador un orondo camarero, mientras suplican ser lavados y él limpia con la misma bayeta, la barra, la plancha y algún que otro cubierto. Una verbena de sonidos que debe superar el umbral de lo autorizado y por supuesto desagradable al oído. Sin duda alguna no es un lugar para recomendar si se quiere disfrutar de un café a media mañana. 

He sufrido tal decepción, que he abandonado el local y dejado el café sin acabar para refugiarme en la tienda cercana, La Barquillera, y disfrutar con lo expuesto en sus escaparates; con la misma tendencia y similares productos de aquella época, donde exponen pulseras, collares y colgantes, entre otros artículos, realizados con piedras semipreciosas y corales. Algo verdaderamente encantador que, eso si, me ha hecho sonreír y eliminar el mal sabor de boca dejado en la cafetería Rocafria.

Pero esto es solo mi opinión personal.


sábado, 14 de mayo de 2011

¡Ah! Granada

¡ Ah ! Granada. ¡ Ah ! mi querida Granada.

Cuanta pena y tristeza sacude mi corazón, cuando debo abandonarte para volver a la realidad, a la obligación, a lo cotidiano.

Me ocurre exactamente lo contrario que al protagonista de la frase celebre: .....que no hay nada en la vida, como la desgracia de ser ciego en Granada. 

Yo soy quien vuelve a mi ciudad ciego y deslumbrado por cuanto han visto mis ojos. La belleza que encierran sus calles, monumentos y sobre todo sus gentes. Entre las que no puedo negar la existencia de alguien muy, muy, especial para mi.

Regreso con el corazón vacío. Lo dejo aparcado allí, pesa mucho para viajar. Está repleto de caricias, sonrisas, y besos. De te quieros. De ¿cuando volverás?. De no tardes mucho. Y sobre todo de lagrimas. Unas veces dulces, otras, las que mas, amargas como hiel, que no cesan de recorrer mi cuerpo, exento de fuerzas y con esas huellas indelebles y difíciles de esconder, dejadas en mis noches ahí, a tu lado, mi Graná.

¿ Sabéis? ¡Me cuesta tanto reiniciar mi andadura! Es tan duro, que en ocasiones me detengo sin querer, para confundir el deseo con la realidad, el de volver a estar allí. Y aunque no tengo mas remedio, por algo tan sutil como es la responsabilidad, debo hacerlo, aunque las horas pasen sin alegría, hasta percibir que las obligaciones contraídas deben cumplirse, y olvidar el tiempo pasado contigo, mi Graná.

Aquí, en mi ciudad, no tengo una calle Navas, ni un bar Los Diamantes, para tomar una fritura como debe ser, o un vino blanco Calvente (elaborado con la variedad Moscatel de Alejandría, en unas vides con mas de 40 años, en Jete, Granada, y con dos meses de barrica) adquirido, con mucha suerte en una estupenda vinoteca en la calle Navas. Ni una Acera del Darro, con una Casa Enrique, donde deleitarse con un estupendo caldo verdejo de Protos acompañado por una buena anchoa-boquerón, del cantábrico. Ni una plaza Bib Rambla, donde deleitarse con un buen café y mejores churros en cualquiera de sus cafeterías y bares.

Tener la oportunidad en su Feria del Libro, de recorrer sus casetas buscando ese libro perdido y deseado para regalar a alguien a quien amas.

No dispongo de una tarta de piononos, dulce, no empalagosa, ligera e incitadora. Tampoco de una gran cerveza Alhambra. Aunque es cierto que en la mayoría de los lugares no saben tirarla como es debido, aunque eso si, confío en que algún día aprendan a servir una verdadera caña, pero eso no es  óbice para dejar de beberla.

No tengo la sonrisa acariciadora de unos ojos negros, grandes, poderosos, hechos mujer, quien después de preguntar mi deseo, me proporciona un helado distinto, en Rey Fernando, en plena calle Reyes Católicos.

Aquí no existe la gracia y el desparpajo, la frase incitadora, la sonrisa regalada, la mirada seductora. 

Carezco de una Sierra Nevada para contemplar el resto del mundo, cuando lo tienes al lado, con solo volver la cara y fijar tus ojos en ella. En fin..... creo que no debo seguir escribiendo, pues me temo no poder soportar tantas horas añorando Graná y decida viajar de nuevo al sur, que en definitiva es donde debería estar. ¿O hay alguien capaz de negarse la posibilidad de ser completamente feliz?

Supongo que deberé conformarme con seguir leyendo, lentamente, la maravillosa historia que contiene: 

  

Recomiendo su lectura.

¿Os he dicho que me gusta Graná? ¿Os he recomendado visitarla? ¿No?, pues de verdad, no debéis tardar mucho en hacerlo. Es, como decirlo, una obligación. Debe hacerse una vez en la vida. ¡Que digo!, una vez al año por lo menos.

Creo que hasta volver a sentir tu perfume, estaré  enfloginao  (verbo granaino que supongo aplico debidamente)  

¡Ah! Graná  ¡ Ay, mi querida Graná ! ¡cuanto te echo de menos!

Anxo do Rego. Mayo de 2011.