jueves, 30 de enero de 2014

JUAN ESPAÑOL 1968-2013


JUAN ESPAÑOL  1968-2013

La camilla con el cuerpo de Juan Español, se deslizaba por el pasillo. Dos auxiliares la empujaban con temor y ansias. Alguien les dijo la razón por la que aquel hombre entraba en esa sala, normalmente cerrada desde hacía dos años. Justo dos días después de que el director del centro hospitalario, mostrara con orgullo las instalaciones que dirigía, a dos individuos, que solo respondían a sus frases con otras cortas en inglés, o replicaban a las explicaciones dadas, con ¡Oh yeaa!

Meses antes, una mañana de Junio de 1968 Juan Español leyó en el periódico YA (diario conservador católico desaparecido en 1996) un comentario sobre la absurda intención del hombre a perpetuarse. Hacía mención a una increíble historia creada a partir de la hipotética muerte del norteamericano Walt Disney en 1966, según la cual algunas informaciones señalaban había sido congelado para devolverle a la vida una vez encontrada la fórmula que eliminara el cáncer que padecía.

Dos días después lo comentó con su mujer, y entre bromas y chanzas obtuvo el consentimiento para visitar al conocido doctor Solís Ruiz.

Sentado frente a la mesa del doctor, dijo solemnemente a Juan Español.

—La técnica que al parecer utilizaron con Walt Disney no está a nuestro alcance en nuestra patria, pese a que algunos de nuestros ingenieros formaron parte del equipo que creo las instalaciones. Sin embargo los americanos no permitieron que el conocimiento de las instalaciones y su proceso, no salieran de su país.
—Entonces ¿no hay posibilidad?
—Lo siento, pero no, aquí no podemos hacer lo que me pide.
—¿Y enviarme a Estados Unidos?
—El costo es muy elevado, y precisamente usted, que yo sepa, no es imprescindible para España. Sin  embargo....
—¿Sin embargo, que?
—Cabe una posibilidad. Tal vez si ....
—Siga, siga, por favor.
—En el hospital La Paz, que el Caudillo inauguró hace cuatro años, tenemos un excelente equipo realizando una serie de  ensayos, claro que no están debidamente confrontados. No sé si me entiende.
—Perfectamente.
—Si usted quiere puedo proponérselo al equipo, pero no puedo asegurarle nada.
—No importa, mi vida en estos últimos años ha sido muy dura, y poco o nada....
—No siga por ahí - le interrumpió.

Dos días después, tal y como pidió el doctor, se acercó por el hospital La Paz. Subió hasta la planta de quirófanos y esperó a que una enfermera le anunciara podía pasar al despacho del Doctor Martínez Parbú.


—Hemos decidido aceptar su propuesta y le admitiremos como voluntario en el ensayo.
—Muchas gracias. ¿Debo firmar algún documento?
—Desde luego. Nos debe eximir de cualquier problema o circunstancia que pueda surgir.
—Sin embargo, debo hacerles una petición.
—Adelante.
—Me gustaría que me aseguraran algo.
—Lo que quiera.
—Necesito que mi mujer, caso de quedar viuda, no tuviera problemas económicos ni de vivienda a partir de este momento, y que mis hijos puedan seguir estudiando incluso en la universidad.
—De eso se encargará el Dr. Solís Ruiz, su hermano, bueno ya sabe, es el actual Secretario General del Movimiento y Delegado Nacional de Sindicatos. No tendrá problema alguno, puedo asegurárselo.
—Claro, pero ¿podrían ponérmelo por escrito? así podré convencer a mi mujer de la bondad del ensayo.
—Veremos lo que puede hacerse.
—Claro. Lo entiendo. Pero me gustaría fuera antes de entrar en el quirófano.
—Claro, claro.

Unos días mas tarde Juan Español, muy a pesar suyo, contó mil y una historias que lograron convencer a su mujer. Ella aceptó a regañadientes, aunque fundamentalmente por la oferta de una vivienda y la consecución de los estudios de sus dos descendientes varones.

—¿ Y dices que después de algún tiempo, te devolverán a la vida?
—Pues claro mujer. Mira al Walt Disney, ese norteamericano, también le han congelado y cuando aparezca un medicamento que le cure, le descongelarán y le curarán.
—Pero Juan, tú no estás enfermo.
—Lo sé, y tú también, pero no tenemos un solo duro. Lo pasamos mal, pero nuestros hijos no deben sufrir ni padecer.
—Tengo miedo Juan.
—Tranquilízate, esa gente es buena, los mejores médicos de España. Es lo que dicen los periódicos y la radio. Además se han comprometido a darte una casa y pagar los estudios de los chicos hasta la universidad.
—Tengo otra clase de miedo.
—¿Cuál?
—Si a ti te congelan y estás así muchos años, cuando vuelvas estarás como ahora. Yo habré envejecido y los chicos serán mayores, casi unos hombres. ¿Cómo podremos seguir viviendo? Tú con treinta y seis años y yo con cincuenta y dos.
—No lo sé mujer. No lo sé. Pero sí que podréis ir viviendo sin problemas Las cosas están muy mal en esta España que nos ha tocado vivir. No hay trabajo, y el que hay, lo pagan muy mal, o te echan sin que exista razón alguna. No tenemos para médicos, ni para estudios de los niños. Lo poco que tenemos se va en pagar el alquiler de esta miserable y húmeda casa. Apenas comemos y no tenemos cien pesetas ahorradas por si nos pasa algo o a los chicos. ¿Qué crees que podemos hacer? Esto es sin duda una oportunidad.
—No, si entiendo lo que haces por nosotros, pero si no estás tú ¿cómo seguiremos viviendo? ¿Tristes?
—No puedo hacer otra cosa Florinda, entiéndelo.
—Lo entiendo, pero me cuesta mucho admitirlo.
—La miseria es cuanto podemos respirar quienes pertenecemos a nuestra clase, la de pobres.
—¿Cuándo iras a eso?
—En cuanto me den el documento que les he pedido y te lo entregue.
—Eres demasiado bueno Juan, seguramente te recompensaremos con mucho cariño cuando regreses.

Una semana después, Juan Español recibió un documento firmado por el hermano del Doctor Solís Ruiz. Se lo entregó a su mujer. Luego pasó todo el día en casa para despedirse de  ella y de sus hijos.

Una mañana de Julio, cuarenta y cinco años después, dos hombres con bata blanca, acompañados por dos policías uniformados, se paraban frente a una puerta de la última planta del Hospital Ramón y Cajal.

—Debe haberse escondido aquí. Le vimos correr por las escaleras hasta esta planta.
—Pero esta planta no se usa por lo que veo - dijo uno de los policías.
—En efecto, desde hace años solo se usa para dejar maquinaria y equipos que no funcionan, o no se han puesto en práctica.
—¿Tantas habitaciones para eso?
—Sí. Se traen de otros hospitales de Madrid.
—Entiendo. Bien, entraremos en cada una de ellas y seguiremos buscando a ese hombre ¿Puede decirnos que quería de ustedes?
—Está empeñado en que su padre, a quien según dice congelaron en el año 1968, se encuentra en algún lugar de este hospital. Le dijimos que eso es imposible, pero insistió en ver esta planta cuando le señalamos que se guardaba mucha maquinaria y equipos antiguos en desuso.
—¿Estará ido de la cabeza?
—Eso dijimos nosotros cuando nos contó la historia, pero al día siguiente se presentó con una carta que al parecer escribió el padre a su madre y un documento firmado por un antiguo político de Franco, por el que se le concedían una serie de privilegios a su madre, a él y a su hermano.
—¿Y qué les ha dicho hoy?
—Ha vuelto a pedir permiso para visitar esta planta. Se lo hemos vuelto a negar. Nadie puede pasar aquí, salvo nosotros y dos o tres personas del Ministerio de Sanidad.  
—¿Debemos entender que es peligroso?
—No lo creemos, pero tengan cuidado. Nosotros esperaremos en la escalera.
—Claro.

Durante horas ambos policías recorrieron cada una de las habitaciones cerradas, que abrieron con las llaves maestras entregadas.

Poco antes de iniciar el segundo intento de abandonar la planta, uno de los policías creyó oír ruidos en una de las habitaciones visitadas al iniciar la búsqueda. Pidió silencio a su compañero y entraron.

La luz de una linterna al fondo de la habitación llamaba su atención. Se acercaron con cuidado, despacio y con mucha atención. Giraron a la derecha y tras una pared acristalada, apareció un hombre sentado junto a una máquina. La misma extraña máquina que vieron al recorrer aquel cuarto por primera vez horas antes.

Un hombre de mediana edad, pelo negro y vestido con un traje gris marengo, les vio aparecer, aunque no se inmutó, ni siquiera levantó la mirada cuando ambos policías preguntaron qué estaba haciendo allí. Esperaron unos segundos, repitieron la pregunta y no recibieron respuesta. Los policías se impacientaban. Uno de ellos dijo a su compañero.

—Haz el favor de salir y buscar a los dos responsables. Dile que hemos descubierto al intruso. Acompáñalos hasta aquí.

En ese momento el hombre habló.

—Sí, haga el favor de traerlos, así ustedes serán testigos de cuanto me negaban.
—¿Testigos?
—Luego se lo explicaré.
—De acuerdo.

El policía aprovechó para fijarse en la maquina con más detenimiento. Tenía forma de cilindro aplastado y se sostenía sobre tres grandes patas metálicas a cada lado. En la parte superior aparecía la ranura para una llave pequeña, y al lado derecho, una ventana con una nota señalando dos cifras. 18-1968.

Al cabo de cinco minutos, el otro policía apareció acompañado de los dos responsables.

— Muchas gracias, por el servicio, agentes.
— De nada, es nuestro trabajo.
— Llévenselo de aquí detenido.
— Un momento. Este señor no ha robado nada, le encontramos sentado junto a esta máquina, sin más. A ustedes ni al centro les ha producido daño alguno y... - interrumpió el hombre.
—Y yo tengo algo que decir, si ustedes, agentes, me lo permiten.
—No pueden hacer eso - señala uno de los responsables.
—¿Que pueden perder dejándole hablar?
—No tienen ningún derecho.
—¿Qué dice?
—Hable usted  - dice uno de los policías dirigiéndose al hombre.
—Hagan el favor de esposarle y sacarle de aquí.
—No tienen ningún derecho.
—¿Qué dice?
—Hable usted  - dice dirigiéndose al hombre.
—Hagan el favor de esposarle y sacarle de aquí.
—Y usted cállese un momento. Hable usted Sr....?
—Español, me llamo como mi padre, Juan Español.
—Pues diga cuanto tiene que decir, debemos marcharnos, Sr. Español.
—En el interior de esta máquina se encuentra mi padre. Se presentó voluntario para un ensayo médico. Le congelaron y metieron en esta máquina en 1968. Lo hicieron en el hospital La Paz, y según estos señores, algunas maquinas en desuso de otros hospitales las trajeron aquí. Como esta. Es le prueba.
—No le haga caso, en 1968, no se hizo ningún tipo de ensayo como el que dice.
—Vean - dice mostrando un papel escrito- esta es la carta que mi padre nos dirigió a mi madre y a nosotros hace  45 años. Exijo, ustedes son testigos, se hagan las oportunas gestiones para devolver a mi padre a la vida. Mantenido durante años en esa máquina.
—No podemos hacer nada de eso. Carecemos del protocolo correspondiente, y sin él, suponiendo sea cierto cuanto dice, podría dar un resultado nefasto.
—Búsquenlo y abran esa dichosa máquina, así sabremos si cuanto dice el Sr. Español es cierto o no.
—Está bien, lo buscaremos, pero ahora debemos abandonar esta planta.
—Yo no me marcho de aquí hasta ver abierta esa máquina y a mi padre vivo - replica Juan Español. No me fio de ustedes. Mi hermano ha comunicado con nuestro abogado, y dispone fotos de todas estas instalaciones y grabaciones de sus constantes negativas. También dispone de suficiente documentación probatoria de que mi padre formó parte de un ensayo en La Paz. Sin no vuelvo en seis horas, se harán públicas en televisión y prensa.

Una semana más tarde Juan Español hijo, firmó el documento presentado por un representante del Ministerio de Sanidad. Lo hizo acompañado de su abogado y hermano. El compromiso, guardar silencio de cuanto había ocurrido. Padre e hijos rechazaron la indemnización ofrecida. Sin embargo guardaron como oro en paño, la grabación en video de la apertura de la máquina y la vuelta a la vida de Juan Español.

Los tres hombres visitaron la casa obtenida gracias al ensayo médico. Supo que sus hijos acabaron sus respectivas carreras en la universidad, y hoy vivían felizmente casados en compañía de sus respectivas esposas e hijos. Era abuelo de cinco nietos. Solo una línea de tristeza cruzó su corazón arañándolo, raspándolo. Su querida Florinda murió un año antes, feliz y contenta. Antes pidió a sus hijos la promesa de localizar a su padre. Fue entonces cuando el mayor de ellos comenzó a investigar y después lograra devolver a la vida a su padre.

—No os preocupéis -les dijo-viviré donde lo hizo vuestra madre.
—Pero padre, la vida será difícil para ti. El país está atravesando una importante crisis.
—¿Qué tipo de crisis?
—Económica, social, cultural, ideológica, estructural. Yo diría que de todo en general.
—No importa, soy joven, más que vosotros, aunque no se pueda explicar, no me será difícil encontrar trabajo.
—La gente no lo entenderá, esto es una entelequia, difícil de asumirla.
—También lo se hijos, pero prefiero vivir así. Si necesitara algo os lo pediría. ¿Les habéis dicho a vuestros hijos que soy su abuelo?
—Nos costará algún tiempo explicárselo, ahora se conforman con saber que formas parte de la familia y eres muy importante para ellos. Más adelante trataremos de que lo entiendan bien de alguna manera.

Juan Español comenzó a vivir en una época que no correspondía a su edad, ni a su pensamiento, y aún menos a sus creencias, a sus sueños. Aquellos que un día abandonó para que su familia consiguiera sobrevivir.  En aquel entonces el trabajo faltaba, los salarios eran mínimos, tan exiguos como los derechos de los trabajadores por la inexistencia de sindicatos, ya que los existentes, verticales, estaban al servicio del sistema. Solo unos pocos vivían bien, aquellos que se mantuvieron firmes al régimen y maleables ante las peticiones de los prebostes que los gobernaban. La sanidad deficiente, la educación nefasta por clasista y dominada por los religiosos católicos. La mujer sin derechos, domeñada por el marido, y las ideas individuales recogidas en una caja y guardadas en un baúl de siete llaves.

Pese a faltarles de todo, su familia obtuvo  lo necesario gracias a su sacrificio, aunque solo fuera en parte. Ahora, con una edad física menor que la de sus propios hijos, tenía la oportunidad de vivir en una época tal vez soñada y esperada.

Se le hacía difícil vivir. Los avances de la sociedad se confundían con la extraña realidad percibida a través de noticias expuestas en la pantalla de un televisor plano, a todo color, repletos de emisoras. De las cabeceras de los periódicos que conocía, solo uno existía, manteniendo la misma ideología de aquel entonces.

Ni siquiera la documentación actualizada le sirvió para encontrar trabajo. Inicialmente los rechazó creyendo eran una broma cuantos le ofrecían. Contratos de una semana, incluso de varias horas por un salario mísero inaceptable.

Tras varios meses de espera con desesperación incluida, llamó a sus hijos pidiéndoles una reunión.

Acudieron un sábado por la mañana.

—¿Que ocurre padre?
—Creo que ha sido un error volver a esta época.
—¿Por qué?
—Estuve documentándome ya que no conseguí un trabajo, y he descubierto que pese a transcurrir 45 años, el país del que salí, al parecer no ha evolucionado absolutamente nada.
—¿Cómo puedes decir eso padre?
—Una simple lógica, el hombre y las sociedades evolucionan. Miran a un horizonte que procure un futuro mejor. Sin embargo aquí parece que todo se ha desmoronado y algo realmente imposible como es involucionar o retroceder al pasado, se da como factible y un hecho indiscutible. Tenéis; y lo digo porque según parece salisteis de una dictadura y encontrasteis algo que yo esperaba; una sociedad democrática que cumple y crea un estado de derecho. Sin embargo eso no parece ser así. He leído las declaraciones del primer ministro, o presidente de gobierno, como le llamáis, donde señala a un periódico extranjero que: Yo me presenté con un programa electoral en el que prometía que no iba a subir los impuestos. Y probablemente he incumplido esa promesa. Bueno no, probablemente no. He incumplido mis promesas, pero al menos creo que he cumplido con mi deber, señaló tras explicar que gracias a esas decisiones ha conseguido mejorar la recaudación y por tanto controlar el déficit público. Con esto quiere decir, que ¿estamos en un país donde siguen mintiendo los gobernantes? ¿Cómo puede un gobernante decir que ha incumplido sus promesas y que cumple con su deber? Esto es algo inaudito.
— Tal vez tengas razón, y lo que ahora nos toca vivir se parezca mucho al régimen de tu época.
— Seguro hijos, seguro, de eso no hay duda alguna. Mirar, he tenido suficiente tiempo estos meses de comprobar ciertas cosas. Subidas de impuestos. Hay cerca de 6 millones de personas que no tienen trabajo. Los índices de miseria son los más elevados de Europa. La Sanidad solo está definida, si no lo remedian, para la gente que tiene dinero. Es decir que solo morirán los pobres por no poder acceder a técnicas y profesionales que también prometieron serían para todos los ciudadanos. Las pensiones, según vuestro presidente, no iban a ser tocadas, y ahora, según las últimas noticias, al parecer no solo van a congelarlas, si no que les hacen pagar por unos medicamentos que igualmente prometieron serían gratuitos. Mirar, yo no entiendo mucho de todo esto, pero está claro que si hay mucha gente sin trabajo, no pueden gastar, si no tienen dinero no compran, si no compran las empresas cierran y despiden a los trabajadores y con ello aumenta el número de desempleados. En fin, es como un pez que se muerde la cola. Luego están los miles de millones de pesetas; aun no estoy al tanto de la nueva moneda, pero si como traducirlo a pesetas; han sido entregados a los bancos para que ser saneados. ¿Qué les pasó? ¿Robaron dinero y ahora hay que devolvérselo? ¿Por qué no lo devuelven quienes lo robaron? También he visto que la iglesia católica sigue como entonces, poniendo al gobernante de turno, bajo palio, como ocurría con el dictador, insultando con esa acción a su dios, por equipararle con esa gente. Ni siquiera os digo cuanto dolor me produce saber que después del tiempo que me tocó vivir, retraso cultural producido por el golpista, censura etc., ahora veo que fueron más de cuarenta años de retraso, y cuando parece que nuestros jóvenes pueden empaparse de cultura y avances, un ministro vertebra un sistema que aleja de esa posibilidad a miles y miles de ellos.
Hijos míos, hay muchas más cosas que no entiendo. La nueva clase creada a partir de miles de políticos, que siguen siendo, como entonces,  intocables, al parecer dotados de ciencia infusa y con unas importantes prebendas, además de unos salarios desorbitados. Una justicia que ocupa más de diez años en resolver un caso, o unas leyes retrogradas, inoperantes y carentes de adaptación a los tiempos actuales.
Veréis, por cuanto he vivido estos meses, estoy convencido de que esos cuarenta y cinco años que he pasado congelado a la espera de un mundo mejor, solo se han convertido en dos años y que aún sigo en aquel régimen dictatorial.

Durante dos horas más continuaron hablando. Al acabar, Juan Español pidió a sus hijos, volvieran a congelarlo y les sacó una promesa: Que solo le devolvieran a la vida cuando el país viviera en una verdadera democracia y no gobernaran los mismos que lo hacían en 1968. Cuando le congelaron con la esperanza de que existiera ese medicamento que eliminara la desgracia con que vivían millones de ciudadanos españoles, pobres y sin cultura.

© Anxo do Rego. 2014





martes, 28 de enero de 2014

ENTREVISTA # 004 CON ROBERTO HC, un personaje de mis novelas.

 ENTREVISTA  # 004   CON ROBERTO HC, un personaje de mis novelas.


He retomado la sana costumbre de entrevistar al personaje más importante de cuantos he creado escribiendo mis novelas. Bueno en realidad diría que es otra conversación entre autor y personaje, con la sana intención de dar a conocer la intrincada vida que él lleva en las aventuras que protagoniza.

Como en anteriores ocasiones solo he tenido que abrir la carpeta Obras en mi ordenador y luego la que cuelga de ésta, Novela Negra, Serie Roberto HC. Ha debido advertirlo, pues de inmediato nos hemos puesto a charlar.

R= Roberto HC    A= Autor

—R: Ya te vale. Me has tenido una buena temporada en silencio. Oculto y sin poder opinar sobre mis investigaciones.
—A: Lo siento, pero no siempre se puede hacer cuanto uno se propone.
—R: ¿Muy ocupado?
—A: Bastante.
—R: ¿Y eso?
—A: Bueno, se puede decir que realizando intentos para publicar tus casos investigados. Por cierto que la última novela que protagonizaste, acabo de presentarla a un Concurso Literario. Por mi cuenta, ya que la Agente Literaria que me representaba, no da señales de vida.
—R: ¿Y eso es bueno?
—A: Supongo que sí. Al menos para mí como autor.
—R:¡Vaya! ya ha vuelto a salir tu vanidad.
—A: Todos lo somos, mi querido Roberto. Tu también eres vanidoso.
—R: ¿Es un reproche?
—A: Ni mucho menos. Pero vayamos a lo importante. En este caso tú y la última aventura.
—R: Antes debes explicarme algo primordial para mí.
—A: ¿Y qué es?
—R: Acabas de decir, tu última aventura. ¿Debo entender que desapareceré en la serie?
—A: Me vas permitir no responder. Y antes de que vuelvas a preguntar, te diré que la razón es obvia. Desde éste escaparate ni puedo ni debo adelantar acontecimientos. Supongo que lo entiendes.
—R: Pero a mí si puedes decírmelo, soy tu protagonista.
—A: Disculpa Roberto, debo insistir. No voy a responderte.
—R: ¿Entonces que pretendes con la charla de hoy?
—A: Algo muy simple, volver a la primigenia idea. A aquel día en que iniciamos estas charlas. Y no era otro motivo que el de responder a cuestiones que se plantean algunos de los lectores.
—R: Comprendo. Adelante pues.
—A: Entonces vamos a situarnos de nuevo y pasemos por encima tu situación personal actual. Ya sabes, por aquello de no adelantar acontecimientos.
—R: De acuerdo.
—A: Veamos. Como preámbulo me gustaría dejar medianamente claro que cuando escribo, lo hago con la sana intención de entretener mi propia psiquis. Boris Vian, novelista, dramaturgo, poeta y músico de jazz, francés, tristemente desaparecido en 1959, dijo: En este libro todo es verdad porque yo me lo he inventado y eso es lo que me ocurre contigo. Cuanto haces, dices y vives, es verdad. Y lo es por la única razón de que yo me lo he inventado. Claro que, eso no quiere decir que ....
—R: ....que algunas vivencias tuyas se conviertan ocasionalmente en mías ¿No es cierto?
—A: No empieces de nuevo con esa interpretación y vayamos a lo interesante para nuestros lectores.
—R: Vale, vale.
—A: Pese a que el orden de tus aventuras no coincide con el de las ediciones, prefiero mantener el primero. Así pues, volvamos a la génesis. Tus Doce Casos en Madrid fue como ya comentamos, tu aparición en el mundo.
—R: Si, en efecto, y me hiciste trabajar mucho y variado.
—A: Fue bueno y eficaz para tu posterior continuidad. El resultado fue la publicación del decimotercer caso y primera de mis novelas publicadas Los Vagones del Miedo. Es decir, algo que llena mi vanidad como escritor, verla publicada, en este caso en papel y expuesta en el escaparate de una librería.
—R: En efecto mí querido autor, aunque como ya comentamos, lo pasé mal por ser mi primer caso como comisario.
—A: Supiste sobreponerte.
—R: Es cierto.
—A: Si las dos primeras novelas con tus casos, ya están publicadas, ahora abordaremos la correspondiente al siguiente caso, en ese orden de creatividad. Me estoy refiriendo a La Pérdida del Tiempo. En esta oportunidad he optado por que fuera publicada en el nuevo formato del actual siglo, en digital. Supongo que de ésta forma tendremos más oportunidades de que nos sigan a ambos.
—R: ¿Tú crees?
—A: Ese al menos es mi deseo. Bien. ¿Recuerdas el caso?
—R: Por supuesto. Claro que mi función en esa entrega literaria, no fue muy activa, le diste más oportunidad a Ignacio, a la sazón inspector.
—A: En realidad por aquellas fechas aún no estaba muy convencido de si ibas o no a continuar siendo el protagonista fundamental de mis novelas.
—R: ¿Cómo?
—A: Si hombre, no sabía si te daría continuidad, o simplemente me limitaría a sacarte en alguna narración, suelta, inconexa. Sin visos de mantenerte constante.
—R: Vale, hombre. Muy bien. Es decir, que casi estuve a punto de fenecer sin haber casi evolucionado desde mi nacimiento.
—A: Algo así. Tampoco es para que te pongas así. Yo soy quien escribe y consecuentemente, quien decide.
—R: Y yo el protagonista que puedo negarme a vivir más investigaciones si así lo considero oportuno.
—A: Me parece que estás poniéndote algo, como diría ¿gallito?
—R: Disculpa, pero la primera amenaza ha surgido de ti.
—A: No ha sido tal, solo un comentario que como ves no llegó a convertirse en acción o hecho.
—R: Entonces debo agradecértelo.
—A: No es necesario, pero gracias por la intención. Y ahora puedes comentar que te pareció la investigación.
—R: ¿La verdad?
—A: Naturalmente. Sabes que admito todo tipo de críticas.
—R: Personalmente habla poco de mí, apenas aparezco. Teniendo en cuenta que la esencia de la narración recae sobre Ignacio Dobles, no está mal. Claro que podrías haberme dado más posibilidades.
—A: Antes señalé que por aquellas fechas estaba dubitativo.
—R: Bien. Entonces bien. La historia entretenida, aunque mis investigaciones son mejores.
—A: Por supuesto.
—R: Sin embargo hay algo que no logro ver con claridad.
—A: ¿Qué?
—R: Hay demasiado flashback.
—A: Son únicamente posibilidades. Trato de escribir con reminiscencias cinematográficas. Además ¿cómo crees que el anuncio de un posible asesinato podría sostenerse?
—R: Vale, ya lo sé, tu eres el escritor, pero me has preguntado y yo te doy mi opinión. Ya veremos o leeremos la de tus lectores.
—A: Es decir, que no te gusta.
—R: Que si hombre. Si me gusta el proceso, y sobre todo el final. Ya sabes, me gustan los buenos finales. Así que ten cuidado con aquellas en las que soy protagonista.
—A: Lo tengo. Y ahora, lo dejamos, debo preparar otro tipo de trabajo. Otro día continuaremos con la siguiente investigación.
—R: ¿Cuál?
—A: La Séptima Runa.
—R: ¡Ah! esa me gustó bastante. ¿La tienes publicada?
—A: Si.
—R: ¿Y cómo van las ventas?
—A: Esa es otra historia. Ya hablaremos de ello.
—R: De acuerdo. Avísame pronto para otra charla.
—A: Lo haré.

© Anxo do Rego

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lunes, 27 de enero de 2014

LOS LAGOS NEGROS. Primeros párrafos

LOS LAGOS NEGROS. 
Una novela de ciencia ficcion. La lucha de las potencias por dominar la economica mundial.



Estos son los primero parrafos.

Primer Movimiento.

 Allegro Molto 

1


Agosto de 1999.


L
a Agencia Europea de Sismología en Estrasburgo, el Centro Sismológico Internacional de Edimburgo y el Servicio Geológico Americano, de Estados Unidos, adelantaron la noticia a los Centros de Investigación Sismológica distribuidos por toda la geografía mundial. Las agencias de noticias, haciéndose eco, la transmitieron con la misma rapidez con que los diarios salieron a la calle.

Las zonas geográficas comprendidas entre los 30º latitud N y los 20º latitud S del ecuador, podrán sufrir movimientos sísmicos de una intensidad notable.

Esa era la escueta nota  que se difundió. Después, tanto los periódicos y revistas especializadas como Internet, televisión y radio, aumentaron o disminuyeron, con editoriales, la gravedad de la misma.


Madrid.  Junio de 2000. 

En un despacho bien iluminado de la calle Alfonso XII de Madrid.

—Bien, cuando Alfonso decida, podemos empezar la reunión.

Comenzó diciendo Jaime Miranda con cierto malestar. En parte, debido a la hora en que se celebraba la reunión, y también, porqué cuando Almudena le telefoneó, prácticamente acababa de meterse en la cama.

Aquella noche no pudo dormir, el avión que le trajo de Dallas hizo escalas, y no dejó de balancearse durante las nueve horas que tardó en cruzar el Atlántico. No es que le causara miedo volar, pero desde luego no le gustaba planear sobre el agua. Después, ya en tierra, y en la terminal del aeropuerto, pidió al conductor del taxi cierta premura. Así  en menos de quince minutos metía la llave en la cerradura de su apartamento en la ciudad.

Dejó la maleta sobre la cama, se deshizo de la ropa y tras abrir el grifo del agua caliente del baño, dejó que ésta si planeara sobre su cuerpo durante unos minutos. Luego ya vestido y acercándose a lo que él llamaba El veintiséis once, tomó una botella de escocés de malta y se sentó en un calido sofá relajándose. Miró el reloj de la pared, eran las cuatro y media de la madrugada.

A las seis, el timbre del teléfono le despertó. Desde Dallas confirmaban la transacción. Después pensó que dormiría durante todo el día, pero no fue así, a las siete y quince minutos; mientras el reloj de pared hacia sonar la campanada de los cuartos;  volvió a repicar el teléfono. Era la secretaria de Alfonso, quien tras el saludo de rigor, acompañado de disculpas, dijo:

—Alfonso Estévez le espera en El Retiro a las ocho y media para desayunar juntos.
—Muy bien Almudena -le responde colgando el aparato con rabia.


Luis Agnelli no puso impedimento alguno cuando Almudena le llamó para citarle. Al contrario, le satisfizo, empezaba a cansarse de besar por enésima vez a su compañera de cama. Ocho horas antes la conoció en Acqua, un punto de reunión de moda de Madrid en esa temporada. Dejó a Julia en la cama, se vistió y ya en la cocina,  se sirvió un café. Ella le llamó de nuevo con voz cálida, pero no respondió. Llamó por el intercomunicador interior al portero de la finca, para pedirle atendiera a su invitada en todo cuanto pudiera necesitar. Ella solo solicitó un taxi para marcharse, dos horas más tarde. Se encontró con Jaime cuando ambos llegaban al Retiro.

Antoine Brigade, estaba en Nimes, camino de la autopista A9, cuando recibió la comunicación de su oficina en Montpellier, su adjunto intentaba localizarle con urgencia. Paró el coche cuando encontró al primer café abierto. Entró y pidió un italiano y un teléfono. El móvil siempre tenía problemas de interferencias en aquella zona. Pierre Latour le anunció la reunión en Madrid para el día siguiente.

Filippo Bredi había almorzado con Alfonso Estévez. Trataron asuntos de Italia, por lo que ya quedó citado para la mañana siguiente.

 -….decida, podemos empezar la reunión - recordó Jaime  sus últimas palabras.

Alfonso, tras los saludos de rigor, bienvenida y comentarios sobre el tiempo casi veraniego que disfrutaban en Madrid, les invitó a ocupar los sillones dispuestos alrededor de una mesa oval de madera. Luego tomó la palabra.

— ¿Alguien de ustedes quiere algo especial para desayunar? - inquirió Alfonso- ¿O desayunamos continentalmente?

Nadie hizo comentario alguno, por lo que presionó un botón blanco del conjunto cercano a la mesa. En unos instantes aparecieron dos camareros con  bandejas y los desayunos continentales para los asistentes.

Transcurrieron veinte minutos con charlas intrascendentes. De nuevo los camareros entraron y retiraron las bandejas. Finalizada aquella liturgia, Alfonso lamentó la ausencia de Hanko Duren. Y ello como consecuencia de su viaje a Oriente Medio, limitándose a señalarles que obedecía a operaciones iniciadas por la Organización tras la debacle ocasionada como consecuencia de la pasada guerra de Irak.

Frente a cada asistente, y sobre la mesa, unas carpetas de color marrón, de abultado tamaño con las iniciales OFE (Organización Financiera Europea) Almudena las dejó allí media hora antes de llegar los allí reunidos.

Alfonso Estévez, con rostro serio, pidió atención a todos y dijo parsimoniosamente:

—En la primera página de la carpeta, encontrareis una transparencia donde figuran las empresas donde nuestra Organización es accionista mayoritaria. En la segunda, un planisferio coloreado. Os agradeceré que tras abrirlas, miréis  con atención las ciudades remarcadas en azul, y las empresas en círculos negros. Ahora debéis superponer ambas sobre el planisferio. ¡Bien! ¿Las habéis visto? – prosiguió-
      Como habéis observado, nuestras empresas están situadas en Europa, Estados Unidos, Suramérica, Oriente Medio y Lejano. Ahora mismo Edgar Hawick, está en Ruanda intentando convencer al Gobierno de Angola para la formalización de acuerdos que nos permitan establecer una cabeza de playa en África; dicho sea en términos bélicos; para nuestro posterior desembarco.

Mientras tanto, Hanko Duren hace también lo propio  en algunos países árabes. Como podréis imaginar, no será nada fácil, conociendo el comportamiento de los norteamericanos.

      Ahora, por favor, pasar a la página segunda y colocar la siguiente transparencia sobre el planisferio. Veréis que la banda amarilla, destaca a todos o parte, de los países situados entre 50º norte y 20º sur del Ecuador. Ahora, superponer todas las transparencias de nuevo sobre el planisferio y comprobareis que un elevado número de nuestras empresas se encuentran dentro de esa banda amarilla.

 Descansó unos segundos y continuó con la exposición.

   Hace quince días aproximadamente, recibí un informe de nuestro Departamento de Investigación. Está identificado bajo las siglas VI-3. Contiene amplia y exhaustiva información y puntualiza; con el refrendo de diversos Departamentos e Instituciones Mundiales de Sismología; que antes de dos años y  dentro de esa banda amarilla, se producirán una serie de movimientos sísmicos con una intensidad imposible de predecir. El resultado puede ser desastroso para los intereses de nuestra Organización. Como consecuencia de ello os pido a todos poneros inmediatamente a trabajar con los equipos de vuestras respectivas Organizaciones, y a la vista de dicho Informe VI-3, preparéis con la mayor urgencia posible, un detallado análisis.

Seguir las instrucciones especificadas en la página 92. Cuando esté preparado, llamar a Almudena, ella coordinará el envío y recepción.  Una vez recibidos e incorporados los de Edgar y Hanko, realizaremos un amplio informe y posteriormente os daré cuenta debidamente.

      Debo pediros máxima confidencialidad en el tratamiento de datos y por supuesto sobre el motivo de ésta reunión. A todos los efectos; y por si alguien preguntara; queda enmarcada  como una más de cuantas venimos realizando periódicamente.

Durante unos minutos no hubo más que silencio, solo de cuando en cuando, se oía el ahogado ruido de algún coche que al pasar por la ancha calle, traspasaba  los cristales de las ventanas de la  sala. Cinco minutos más tarde, los asistentes comenzaron a despedirse con apretones de manos y salen para despedirse de Almudena.

Cuando Jaime se encaminó hacia Alfonso para despedirse, éste le dijo:

      — Por favor, si no tienes inconveniente, me gustaría almorzar aquí contigo. Deja tu carpeta en el despacho y regresa sobre la una. Si es que tienes algo que hacer hasta entonces.

Asintió a la petición de Alfonso. Luego se dirigió a la salida del edificio. Tomó el primer taxi que pasaba, y tras indicarle al conductor la dirección, se sentó en el lado izquierdo del asiento trasero y esperó pacientemente. La circulación a esas horas en Madrid, era como tantas veces, lenta, ruidosa, exactamente como una pequeña jungla.

Cuarenta minutos después compraba uno de los pocos ejemplares que quedaban de El País en un kiosco de prensa. Dio unos pasos y se acercó al guardia de seguridad del edificio al que se dirigió. Como le conocía le dejó pasar al hall. Una vez dentro saludó al Conserje a quien conocía desde hacia tiempo. Le pidió avisar a Gema de su llegada, y éste respondió que acababa de salir a tomar su segundo café, fumarse un cigarrillo y posiblemente comentar las incidencias del día  con sus compañeros de trabajo. Jaime esperó. Al cabo de diez minutos, Gema apareció sonriente como casi siempre. Se besaron fugazmente. Luego dijo:

      —He terminado una reunión con Alfonso y  me ha pedido que almorcemos juntos, debo estar a la una en su despacho. Lo siento, pero ni siquiera sé cuando terminaré. Quería decírtelo personalmente. Anoche llegué a casa sobre las cuatro de la madrugada, y no era hora de llamarte por teléfono. Seguro que estabas dormida. En  cuanto acabe iré a tu casa.

Habló muy rápido, seguido, sin parar. Gema sin embargo, ni  siquiera abrió la boca para recriminarle. No supo nada de él durante una semana, desde que salió de  viaje a Dallas. Ella sonrió de nuevo, se acercó a la cara de Jaime y como un felino, en vez de besarle, le mordió simpáticamente el lóbulo de la oreja derecha. Era una especie de castigo establecido por ambos para evitar reñir o disculparse mutuamente. Luego dijo:

      —No importa, esperaré hasta que llegues a casa. Pero si puedes, llámame al móvil antes de ir. Será mejor.

Al cabo de unos minutos, Gema retomó el camino hacia su puesto de trabajo. Se acercó al segundo ascensor y pulsó el botón de la tercera planta. El Departamento en el que trabajaba era pequeño. La Directora General, dos ayudantes, y ella, su Secretaria y persona de confianza. Él por su parte salió del edificio, se despidió  del conserje, mientras el guardia de seguridad hizo ademán para abrir la puerta. De nuevo buscó un taxi.

Cuando llegó a su apartamento no tuvo ganas de hacer nada. Puso en funcionamiento el equipo de música y trató de relajarse poniendo un Concierto para Oboe de Alessandro Marcello. Se sentó en un sofá y se dispuso a hojear el periódico que minutos antes había comprado.

Las acciones de las Empresas de la Organización,  no sufrían vaivenes desde hacia al menos quince días. Los movimientos económicos por fusiones, compras o ventas, eran numerosos. En Europa, el acercamiento de los antiguos países del Este, la ampliación de la Unión Europea y sus luchas de posicionamiento con los Estados Unidos, dejaron la Bolsa Europea en calma chicha, como diría un marinero. Se había iniciado una nueva etapa económica. Sin embargo, algo si llamó su atención. Diversos Grupos Financieros Norteamericanos, aparecían señalados en el comentario económico, que diariamente hacia un periodista muy bien informado  de cuanto ocurría en Estados Unidos. Dos de aquellos, según el periodista, últimamente venían  comprando acciones de pequeñas empresas de alimentación y distribución en Europa.  La Unión Europea continuaba haciendo esfuerzos para acabar con la hegemonía USA. Francia seguía su constante acercamiento con Alemania. Ambas deseaban dirigir; tal vez desde la sombra; la Europa Unida. Gran Bretaña como siempre,  pérfida, aunque menos. Aún continuaba navegando entre dos aguas. No quería incorporarse a la moneda única. Pero no se apartaba de  Europa, ni tampoco de USA. Los dos primos se entendían a la perfección. Pese a ello, su último dirigente laborista, iniciaba una nueva tendencia, mas cercana a Europa, aunque tenue.

Acabó el concierto de Marcello, extrajo el disco e introdujo otro en el aparato. Esta vez cambió de estilo, salió del barroco y se introdujo en la música descriptiva de Grieg. Cuando comenzaban las primeras notas de La Mañana, el teléfono comenzó a repicar, sonaba como si tuviera prisa. No quiso responder, dejó que el contestador acoplado diera un pitido de señal e iniciara la grabación. Escucho la voz del otro lado de la línea y cuando la reconoció, descolgó rápidamente para iniciar la conversación. Era Richard Templeton desde Dallas, Directivo de Dallas Oil Company, quien no hacía más comentarios que los previamente señalados por el boss, como le gustaba decir del Sr. Harriet. Pese a ello, era jovial, aunque aparentemente sin personalidad definida. En realidad era la voz de Harriet. Richard comenzó diciendo:

      —Ayer dimos el visto bueno a la operación con su Organización. Estamos de acuerdo en que sus técnicos visiten nuestras instalaciones. Que sus economistas revisen la situación de nuestra firma, así como que sus abogados, discutan con los nuestros la redacción del contrato de transacción.

Hizo una pausa y continúo:

      —Sin embargo el Sr. Harriet me ha hecho patente su deseo de visitar España y firmar el contrato con su Presidente. ¿Está de acuerdo?

Esperó unos segundos y ….

      —Precisamente hoy almorzaré con él. Iba a darle cuenta de las reuniones mantenidas con ustedes estos últimos días. Confío en que no tenga inconveniente alguno. En cuanto hable con él le transmitiré el deseo del Sr. Harriet. Con su respuesta me pondré en contacto con usted ¿De acuerdo?
      —De acuerdo ¡ Ah¡ ¿Qué tal vuelo tuvo, Sr. Miranda?
      —Muy bueno - mintió al contestar.

Se despidieron y a ambos lados del Atlántico, colgaron los aparatos. 


***

2 

J
aime apagó el equipo de música, se acercó al armario ropero y extrajo una corbata nueva. La última que Gema le regaló. Tras hacerse el nudo y beber un vaso de zumo de naranja, salió hacia la puerta del apartamento, la cerró tras de sí y bajó los dos pisos camino de la calle. En esta ocasión fue paseando tranquilamente. Desde el mes de Febrero no lo hacía y quería recordar lo cansados y tristes que habían sido algunos. Otros felices, pero siempre en compañía de Gema. La tenía tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, que en numerosas ocasiones, tenía el sentimiento de añorarla, fruto de un escondido miedo a perderla, aunque  desconocía la razón.

Paseó por la acera del Jardín Botánico. Luego subió por la Cuesta de Moyano encaminándose hasta las rehabilitadas casetas de libreros donde se podían adquirir tanto los últimos títulos editados, como las ediciones más antiguas. Recordó su juventud. Las visitas hechas muchos domingos en compañía de una  antigua amiga. La recordaba con cierta nostalgia, sin duda alguna continuaría siendo un pozo de sabiduría, pese a no saber nada de ella desde hacía bastante tiempo................

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