viernes, 28 de febrero de 2014

Una carta olvidada

Carta rescatada al revisar mis actividades en 2009, que hoy me atrevo a publicar. Si bien prefiero ocultar el nombre de la destinataria y jamás pudo leer. 

In memoriam.

Querida mía:

Estamos en Abril en plena primavera, época de felicidad, luz y aromas y no obstante aun sigo enfadado contigo. Me prometiste llamar en cuanto salieras de la clínica, y no lo hiciste. Ahora me obligas a escribirte. Ya sabes, solo soy capaz de reflejar mis sentimientos cuando pongo palabras arañadas sobre el papel. Además, no quiero puedas pensar un solo momento que no te echo de menos. No se donde estás, tu hija aun no me lo ha dicho.

Aquel día, aquel nefasto día, cuando me pediste que esperara te obedecí. Que no me preocupara, añadiste, y te creí, como siempre hacia, y desde entonces me siento mal, pues debería haber imaginado tratabas de ocultarme algo. No supe averiguar habías concertado tu viaje definitivo con La Parca y sin mi. Que no cumplirías tu promesa y no volverías para oírme decir lo que tal vez debería haberte dicho hace tiempo.

Tu ausencia comenzó ese mismo día.

Ahora solo el silencio y el éter del espacio donde te encuentres, serán mis aliados, a ellos confiaré te susurren todo lo que tenia guardado, tal y como hiciera aquel gorrión que descubrimos juntos un domingo paseando por El Retiro de Madrid, nuestra ciudad de entonces.

Siempre te dije, ¿recuerdas?, que eras mi musa, y te reías por el juego que hacíamos. También recordarás que solo desde aquel 11 de Enero, cuando nos conocimos en Sevilla y entraste en mi vida, pude reflejar cuanta creatividad llevaba dentro. Fue solo entonces, con tus comentarios y sobre todo apoyo, cuando nació decididamente la necesidad de escribir, y más dificultades encontré para traducir y materializar verbalmente mis sentimientos por ti. A tus recomendaciones, no tuve más remedio que sujetarlos como bridas de un caballo desbocado. Comprendía tanto directa como indirectamente que debía canalizarlos de otro modo, en razón de tu hija y el contencioso recién acabado con su padre, tu ex marido.

Por todo aquello y por mucho mas, mis sentimientos se convirtieron en un enjambre oculto, como un día de lluvia a la espera de un rayo de sol para abrir la puerta de la colmena y con ello iniciar la búsqueda de flores. Siempre fuiste para mi por un extraño designio, fuente de luz, remanso de ternura, un manantial profundo e inmenso de luz pura que iluminó mi vida y mi camino. Debes saber que siempre estarás dentro de mi corazón y seguirás inundando de optimismo la mitad de mi alma, ya que la otra mitad se fue contigo. Si, sin embargo con la misma fuerza y ternura, seguiré ofreciéndote miles de bicos.

Ya no volveremos a escuchar juntos aquellas voces angelicales en la basílica del monasterio de El Escorial, ni pasearemos por El Retiro, ni tomaremos cervezas en nuestra cafetería, ni los bocadillos de calamares que tanto te gustaban de El Brillante. No podremos disfrutar de las canciones de Aute, Michael Bublé, Diana Navarro o Celine Dion, o de las maravillosas notas nacidas para los conciertos de violín de manos de los virtuosos clásicos, que tanto te agradaba escuchar a mi lado. Pero te prometo que hasta encontrarte y reunirme contigo, lo seguiré haciendo en homenaje a ti, a tu recuerdo. Será mi dedicación, y volveré a los mismos lugares en que estuvimos para pasear. Beberé cerveza por ti, y seguiré escribiendo novelas para que desde donde te encuentres, puedas hacer tu especial y querida critica y comentarios. De vez en cuando, escucharé Tell Him con la voz de Celine dejando que una sujeta lágrima aflore a mis ojos sin hacer ademán por detenerla.

También debes saber que tu ausencia me duele en lo más profundo de mi ser, que desde entonces las noches aparecen sin sueño y despiertan mis angustias, y no puedo conjugar los verbos en futuro. Sin embargo el recuerdo de tu sonrisa seguirá bastándome para hacer bailar las estrellas en el firmamento, como dijo la escritora norteamericana Donna Leon, aunque es posible que no pueda evitar dejarme morir por la melancolía que me produce tu ausencia. Siempre existirás mientras alguien te recuerde, y yo lo haré hasta reunirme contigo.

No te imagino alejada, pensaba, y sin embargo te tengo, decía, mas cuando el alba venia, tus besos y tu presencia, mi amor, faltaban. Y es cuando mas solo me encuentro, y reclamo soñar despierto para poderte decir quedo, bajo, susurrante, cuanto te añoro y te amo.

Por ultimo y por el momento, no deseo pienses por un instante que me he olvidado de tus piedras de cristal de roca. No. No se han separado de mi, ni lo harán. Sabes, las llevo siempre en el bolsillo. Tampoco dejaré de abrir cada día las cajas donde guardo para ti miríadas de bicos. Cada mañana los lanzaré desde mi ventana para que te lleguen, aunque guardaré uno para dártelo personalmente cuando nos volvamos a encontrar.


Hasta entonces, querida mía.
Anxo. 

jueves, 27 de febrero de 2014

TRES PIEDRAS BLANCAS. Primeros párrafos

Tres Piedras Blancas, es un novela corta. Misteriosa, tal vez romántica, pero escrita en un momento duro que atravesó mi vida. Espero que os guste y pronto podáis descargarla en EPUB.




TRES PIEDRAS BLANCAS

© Anxo do Rego
Todos los derechos reservados.

***
  
Dedicatoria:

Para Susa.
In memoriam

***

La tristeza ni huye ni se escapa nunca y sigo
vagando por la tierra de los sueños frustrados Butros 



El inicio 

El Inspector encargado de la investigación, se retrepó en el sillón después de quitarse la chaqueta y aflojarse el nudo de la corbata. La barba, incipiente, daba un tono de cansancio a su rostro, que al mezclarse con las horas de vigilia y continuo trabajo, daban el aspecto de credibilidad a los síntomas propios del agotamiento.  El comisario le había dado un ultimátum y vencía a las ocho de esa misma tarde. Llevaba más de un mes con la investigación y todavía no había averiguado quien era aquel hombre. En realidad sabía su nombre y apellidos, solo que no parecía tener familia o amigos que se interesaran por él, o le comentaran alguna razón o motivo para su desaparición. Solo restaba una cosa, y pese a ser reacio a tomar ese tipo de medidas, esta vez no tendría más remedio que hacerlo.

Miró el reloj digital con carcasa de plástico negro, regalo de su hijo por el último día del padre, y comprobó que dos días sin cambiarse de ropa podían convertirle en un ser rechazable por el resto de ciudadanos. Levantó el brazo derecho por encima de la cabeza y acercó su nariz a la axila derecha para comprobar que, en efecto, le hacía falta una ducha, desodorante, un afeitado y sobre todo dormir un par de horas.
Suspiró y murmuró algo entre dientes. Como si discutiera con su alter ego sobre la conveniencia o no de tomar la medida prevista. Se dispuso a redactar la nota que enviaría a las emisoras de televisión y algunos diarios de prensa. Incluso tenía pensado, volcar tanto la fotografía como la nota, a una de las numerosas redes sociales a través de su blog. Diez minutos después se acercaba con el primer borrador, hasta el despacho del comisario.

Como en la mayoría de ocasiones cabía la posibilidad de alguna rectificación del jefe, sin embargo en esta oportunidad no acertó. Le vio leerla con atención, fijarse en la foto y devolvérsela con un asentimiento de cabeza. Más producto del mismo cansancio, que de aceptación por el trabajo realizado. Lo sabía, no se equivocaba respecto al comisario.

—Adelante. Curse la nota. Quizás tenga más suerte esta vez y le lluevan los testigos.
—Es muy amable, comisario.
—No lo soy, pero como superior suyo, puedo permitirme los comentarios ¿Le molestan?
—No señor.
—Una cosa Fidel, termine con esto de una vez por todas, hay otros expedientes que me gustaría acabar antes de las próximas navidades.
—Claro.
—Y por favor, vaya a su casa, dúchese y cámbiese de ropa. Apesta.
—Eso pretendía hacer después de enviar  la nota.
—Pues venga, no se demore mucho. Espero tener noticias antes de las ocho de la tarde. Alguien más preparado que usted está deseando hincarle el diente a ese expediente y otros que investiga.
—De acuerdo, pero confío en no dar a su sobrino esa oportunidad.
—Está bien Fidel, si es por eso, le daré dos días más. Pero el plazo se agotará transcurrida esta última ampliación.
—Ya le dije antes que era usted muy amable.
—Vale, vale, márchese ya.
—Sí señor.

Regresó a su despacho, el más pequeño de la comisaría y el único desprovisto de aire acondicionado, descolgó el teléfono y comenzó a llamar a sus contactos en los medios de comunicación. Algunos le avanzaron que previamente pondrían la foto en los periódicos digitales hasta preparar la edición en papel del día siguiente. Por último abrió sus perfiles en cinco redes sociales e introdujo la misma nota. Variaba en cada una de ellas. Aparentaba y daba la sensación de buscar a un familiar o un amigo. Después salió sin prisas hasta el garaje, se metió en el coche y condujo despacio hasta su casa.

Por supuesto Ángel Luis, su hijo, estaba en el instituto, por lo que la casa la encontró tal y como la dejó días atrás, toda revuelta. Se metió en su dormitorio, se deshizo de la ropa y se metió en la ducha. Al salir y como era temprano, se acercó por la cocina y tras mucho buscar encontró la cafetera apartada en un rincón, junto a dos tazas con restos de café resecos, de quien sabe cuántos días, Fregó los recipientes y la cafetera italiana, luego la rellenó y se sentó esperando la señal para tomarse una buena taza caliente. No había dado dos sorbos cuando el teléfono sonó repetidamente.

—Inspector Soto, dígame.
—Buenos días inspector. Le llamo en relación con la nota y foto que aparecen en un periódico digital de internet.
—¿Puede esperar un segundo?
—Naturalmente.
—Adelante por favor  —dijo nada más poner el bolígrafo sobre el bloc de notas abierto.
—Me llamo Tomas Cruz.
—¿Conoce al hombre de la foto?
—Sí señor.
—Le importaría decirme cuanto sepa de él.
—Soy camarero en una cafetería de la calle Juan Bravo.
—¿Me llama desde allí?
—No, no señor, lo hago desde mi móvil, estoy en casa. Es mi día libre.
—Entiendo. ¿Podríamos vernos?
—Claro no hay inconveniente.
—Perfecto. Deme sus señas y me desplazo inmediatamente.
—Anote por favor.
—Bien, gracias. Estaré ahí dentro de una hora aproximadamente, el tiempo que tarde en acabar unas cosas y llegar con el coche.
—No se preocupe, ya le he dicho que es mi día libre.
—Gracias por su llamada, Sr. Cruz.
—De nada inspector.

Terminó el café, escribió una nota a su hijo y como los últimos días, acabó poniendo: No sé cuándo regresaré, no me esperes a cenar. Un abrazo de tu padre. Pegó la nota donde acostumbraba, cerró la puerta con llave y bajó hasta donde dejó poco antes el coche. Hizo un plano mental del recorrido hasta el domicilio del camarero y encendió el motor del SEAT Toledo, con dos letras en la matrícula. Era antiguo, carrocería dañada, con rozaduras, motor gastado y ruedas a punto de darle un disgusto.

Golpeó con los nudillos la puerta de madera lisa, pintada de marrón oscuro. En el centro, y por encima de la minúscula mirilla, una gran letra C la distinguía de las otras tres del descansillo con ascensor. Un hombre de mediana edad, con amplio cabello negro y vestido con pantalones vaqueros y una camisa de cuadros verdes, se presentó ante él.

—¿Inspector Soto?
—El mismo.
—Pase. Haga el favor.
—Gracias.
—¿Le apetece un café?
—La verdad es que si, apenas he tenido tiempo de tomar uno, aunque si no le importa me gustaría caminar. Llevo mucho tiempo encerrado, sin respirar aire limpio.
—Como prefiera. La verdad, a mí también me apetece caminar.
—Entonces paseemos un rato.
—Bien.

Los dos hombres bajaron por las escaleras, atravesaron el portal del edificio y se metieron en el ir y venir de otros ciudadanos. Lo hicieron en dirección a un cercano parque. Al pasar frente a una cafetería arrastraron sus pies hacia ella. Tomaron sendos cafés calientes e iniciaron la conversación motivo de su entrevista.

—Dígame ¿donde conoció a nuestro hombre?
—En la propia cafetería donde trabajo.
—¿Cómo?
—Acudía todas las semanas un par de veces. Fundamentalmente por las mañanas.
—¿Solo o acompañado?
—Le contaré inspector, así le facilitare datos y luego si le parece, me pregunta.
—Tiene razón, disculpe.
—Siempre aparecía bien vestido, con traje y corbata. Llevaba una cartera de cuero marrón en su mano y se sentaba a esperar, frente a una de las mesas para dos personas que ponemos en el área para fumadores. Si era muy temprano, solía pedir un café con leche, pero si se sobrepasaban las doce, tomaba un vino blanco de Rueda. Yo mismo atendía esa zona de la cafetería y por supuesto a ellos. Rara era la vez que la persona a quien esperaba llegara puntual, aunque desconozco la hora en que presuntamente quedaban, pero su constante mirar al reloj de la muñeca, me inducía a pensar que ella no era estricta con la hora.
—¿Ella?
—Sí. Una mujer. Muy guapa, por cierto. Delgada y muy elegante. Con una sonrisa muy agradable, era la fumadora. Es posible que viviera cerca de allí, pues en ocasiones vi como al salir ambos, compraba pan tierno en la pastelería. Se sentaban uno frente al otro, comentaban, reían y a veces dejaban escapar algún signo de cariño. Y digo cariño porque esas cosas se notan. Las miradas cómplices, y las caricias prodigadas sobre sus respectivas manos, por debajo de la mesa, así lo atestiguaban. Al cabo de un tiempo pagaban las consumiciones y se marchaban. Nunca más tarde de la una y media. Solían salir juntos por la puerta cercana a la pastelería, allí se besaban en las mejillas, y cada uno tomaba una dirección. Solo una vez los vi caminar juntos, y a ella, cogida de su brazo. Creo que fue días antes de que ella dejara de venir. Yo, si me permite el comentario, creo que eran amantes. Tal vez alguno de ellos casado. Lo que si se notaba era la felicidad que respiraban cuando estaban juntos. En una ocasión estuvieron con dos personas desconocidas. Una de ellas con un hombre, que parecía ser amigo de ambos. En la otra, una mujer, con una edad cercana a los cuarenta años, esbelta y con una sonrisa contagiosa. Parecía ser amiga de ella, pues él se levantó de la silla al verla llegar y esperó de pie hasta que fue presentado por su acompañante.
—¿Cuánto tiempo hace que conoce a nuestro hombre?
—Yo diría que tres años, más o menos, quizás cuatro.
—¿Y a ella?
—El mismo. Supongo que se citaban allí. Los recuerdo a ambos desde ese tiempo atrás. Nunca antes los había visto solos o con otras personas.
—Ha comentado que los vio salir juntos en alguna ocasión. Según parece ella dejó de ir. Y él, ¿continuó apareciendo por la cafetería?
—En efecto inspector, durante bastante tiempo, luego dejó de hacerlo también. Tenga en cuenta que mis observaciones son como consecuencia de mi trabajo.
—Entonces, ¿los vio alguna tarde?
—Mi turno acaba cuando terminan las comidas.
—Entiendo. Sabría decirme, o llegó a escuchar donde podría trabajar, o cual era su ocupación.
—No señor. A veces los clientes interrumpen sus conversaciones cuando nos acercamos los camareros, pero si mal no recuerdo, él viajaba con cierta frecuencia.
—¿Qué puede decirme de ella? ¿Ha vuelto a verla por la cafetería?
—Desde entonces no. Y lo lamento, llegué a tomarles afecto a ambos. Eran buenos clientes y estupendas personas. Me trataban con deferencia y respeto. Y no lo digo por sus buenas propinas, que también, sino porque en una ocasión él me devolvió el vino que le recomendé y al verme discutir con el encargado, a quien señalé las palabras de queja formuladas por él, me miró, hizo un ademán reclamándome y pidió de nuevo la copa para tomársela, pese a no gustarle la calidad del vino. A partir de ese día no volvió a pedirme vino, solo cerveza. Parecía una persona a quien no le gustaran los conflictos.
—Excepto esas dos personas que menciona, ¿los vio con otras?
—No. Siento no poder ayudarle más inspector ¿Puedo preguntarle algo?
—Supongo que sí. Adelante.
—¿Les ha ocurrido algo a ambos?
—No puedo responderle Sr. Cruz. Lo siento, y, gracias por la información, si recuerda algo más, me gustaría escucharlo.
—Naturalmente inspector.
—Bien, debo seguir mi investigación.
—Le deseo suerte.
—Gracias.

Salieron de la cafetería y volvieron caminando hasta el domicilio del camarero, después de conversar sobre otros extremos en el parque. Luego, Fidel Soto, inspector de homicidios, regresó a su domicilio. Antes pasó por un supermercado cercano, compró un par de rodajas de atún y unos vegetales y decidió dar una sorpresa a su hijo. Al acabar de cocinar, se tumbó en el sofá y se quedó dormido hasta que su legítimo descendiente, le zarandeó para despertarlo.

—¿Qué haces en casa? Me habías dejado dicho que no te esperara a cenar.
—Perdona, pero acabé unas gestiones y quise almorzar contigo, luego me marcharé a la comisaría.
—Estupendo. Ya he visto que has hecho algo comestible.
—Espero que te guste, era una receta de tu abuela paterna. Confío en que se pueda comer.
—Iré poniendo la mesa.
—¿Cómo vas en el instituto?
—Bien, pero se me atraviesan dos asignaturas.
—Pues el año que viene debes entrar en la universidad. Aplícate y búscate la manera de aprobarlas, o tendrás una nota de mierda para elegir la carrera que quieres.
—Ya lo sé. Solo quería que me ayudaras.
—Lo intentaré. Pero ahora vamos a comer, ya me he quitado algo el sueño y tengo hambre.
—Yo también.
—¿Qué hora es?
—Cerca de las tres de la tarde.

Transcurrió el plazo ampliado por el comisario y el resultado obtenido por el inspector Soto, fue el mismo, ninguno. Le retiraron el expediente y cuatro días después dormía el sueño de los justos en una caja de archivadores con un único título: Expedientes cerrados provisionalmente. El siguió con otros y cada vez más enfrentado con el comisario y su recomendado sobrino. No obstante siguió trabajando gracias a las copias de cada uno de los documentos, que durante días, sacó para continuar investigando por su cuenta.

De vez en cuando alguien comentaba a través de una de las redes sociales, que parecía haber visto a su investigado, en numerosos lugares. Solo lo anotó, no investigó, ni lo creyó necesario.

***

El encuentro

Una mujer joven, de aproximadamente veinticuatro años, observó ese día con más detenimiento, al hombre que cada mañana parecía esperar a alguien en el portal. Ella bajaba los seis peldaños que separaban la zona del ascensor, de la puerta metálica del edificio para salir a la calle. A un lado, y de espaldas al juego de espejos separados por un marco, que encerraba una mala pintura naturalista. Aquel hombre esperaba todos los días de pie, y lo veía cuando salía camino de su trabajo. Siempre creyó que la espera obedecía a algo personal y cotidiano, sin embargo a partir de entonces, comprobó que a su regreso de trabajar, a la hora del almuerzo, o de su posterior salida de vuelta al trabajo y cuando se recogía por la tarde o noche, aquel hombre permanecía en el mismo lugar.

Iba bien vestido, afeitado y limpio, los zapatos lustrosos. No sostenía cigarrillo alguno entre sus dedos, y su cara, al cruzar varias veces la mirada con él, no mostraba gesto alguno, parecía imperturbable. Solo una amable mueca, como intentando saludar ofreciendo una media sonrisa. No cruzaban palabra alguna hasta que  decidió saludarle. Se atrevió después de preguntar al portero de la finca.

—Joaquín, me gustaría preguntarle algo – dijo al cruzarse con él en el portal.
—Claro señorita Paula.
—Verá, llevo una temporada encontrándome a un hombre de unos cincuenta años, en el portal, por la mañana, al mediodía, por la tarde y noche.
—¿Le ha molestado?
—No. Es un hombre callado, silencioso. Solo espera junto a los espejos. ¿Sabe quién es o a quien espera cada día?
—Disculpe, pero no lo he visto y sepa usted que suelo levantarme temprano para atender y adecentar el edificio. ¿A qué hora exacta le ve?
—Suelo salir sobre las ocho y media y ya está esperando a esa hora. Luego cuando regreso a las dos de la tarde, aún sigue ahí, o ha vuelto. Lo mismo por la tarde o por la noche cuando vengo de estar con alguna amiga.
—Pondré más atención. Pero debe ser un vecino o familiar de alguno, de lo contrario no podría tener una llave de la entrada al portal. Intentaré estar mañana a las horas que me dice para verlo.
—Gracias Joaquín.

Durante una semana el hombre no apareció, Paula saludaba al portero de la finca, y miraba a su alrededor sin encontrar al misterioso hombre. Cuando regresaba encontraba al portero de la finca esperándola. Sin embargo nadie más aparecía, salvo algunos vecinos en el trajín diario, salidas y entradas, o alguien con publicidad en la mano. A la semana, cuando la vigilancia cesó volvió a aparecer aquel hombre.

Al tercer día comenzó a saludarlo.

—Buenos días.
—Buenos días  — respondía el hombre.

Del mismo modo o similar, cruzaban su saludo al llegar las dos de la tarde y horas más tarde, al caer la noche. Paula no advirtió dos detalles, la imagen de aquel hombre no se reflejaba en los espejos, y siempre, siempre, llevaba la misma vestimenta. Una chaqueta marrón, camisa blanca, corbata beige, pantalones gris marengo y zapatos de ante marrones.

Su presencia se convirtió en algo cotidiano para Paula, solo cuando bajaba con algún vecino, coincidiendo en la salida, el misterioso hombre desaparecía. Ella achacaba su presencia a la cotidiana espera de alguien a quien acompañar. Llegó a pensar detenerse un día y conversar con él. Sí, eso, le preguntaré —se dijo— No obstante no tuvo suerte, durante más de quince días coincidió con un vecino y al salir juntos del portal, no consiguió ver al misterioso hombre. Optó por hacerlo media hora antes y tampoco coincidieron. Le encontró en el portal. Se saludaron, sonrieron y a partir de ese día se convenció para salir media hora antes al trabajo, sentía necesidad de ver a aquel hombre, conocer que misterio encerraba. Le  intrigaba.

Un día, a las siete y media de la mañana bajaba en el ascensor cuando de repente dio un salto y se paró entre las plantas cuarta y tercera. Paula sintió algo de miedo por el golpe, que aumentó cuando la luz se apagó. Tuvo tentación de gritar, y sus deseos fueron en aumento, sobre todo, cuando sintió una especie de rumor pronunciar su nombre ¡Paula! ¡Paula!. Se revolvió buscando a quien emitió el susurro, pero entre la oscuridad, y la certeza de haber entrado sola en el ascensor, solo recibió una respuesta de su cerebro, únicamente miedo. Un miedo que segundo a segundo, fue adueñándose de sus nervios. Un escalofrío recorrió su columna vertebral elevando el miedo que sentía a un nivel superior, terror. Mientras tanto el susurro iba elevando el tono. Por un momento  tuvo la sensación de que algo indescriptible trataba de tomar su mano, al notar una especie de cosquilleo, como si se tratara de una mínima descarga eléctrica. De repente el balbuceo lanzó una advertencia, ¡No temas, nada va a ocurrirte!, solo ha sido un corte de energía. Esas palabras solo sirvieron para regalar el miedo que recorría sus venas y convertirlo en el medio de cultivo para algo más singular, pánico. De repente comenzó a gritar pidiendo socorro, mientras pulsaba a tientas, cada botón de planta y auxilio, del panel. Toco las puertas, las golpeó con fuerza, pero nada, todo seguía igual. Nada cambio salvo un nuevo susurro. Esta vez pidiendo calma: ¡Está a punto de regresar la energía! Dijo casi silbando la voz desconocida. Luego mencionó su nombre de nuevo y por fin, con otro golpe del ascensor la luz comenzó a iluminar la caja metálica donde estaba.
De inmediato pulsó el botón de la planta baja. Luego recorrió el espacio con su mirada, fijando su espalda a una de las paredes. No había nadie. Pensó estar en viviendo una especie de pesadilla. El panel anunció la llegada a la planta baja mediante un gong electrónico. La puerta metálica se deslizó a uno de los laterales dejando expedita la salida. Paula salió con rapidez. Miró de nuevo al ascensor antes de bajar los peldaños hacia la puerta de salida y allí, como tantas veces, estaba aquel misterioso hombre.

—Buenos días Paula – dijo inmediatamente.
—Hola, buenos días. Disculpe tengo prisa.
—Y miedo también, está desencajada. Pero solo ha sido un corte de corriente momentáneo.
—¿Me ha oído gritar?
—Desde luego, aunque no pude hacer nada, solo pedir que volviera la energía.
—Gracias de todas formas.
—De nada Paula.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Lo oí mencionar a alguien.
—Debo marcharme.
—Claro. Que tenga un buen día.
—Gracias …….
—Hasta pronto – dijo terminando la conversación.

Hubo días en que la coincidencia de Paula con algún vecino, evitaba ver a aquel hombre. Sin embargo tenía la sensación al tomar el ascensor, para bajar o subir, que alguien la acompañaba en silencio. A partir de entonces sentía un escalofrío cada vez que entraba en el elevador. No obstante casi siempre veía a su misterioso hombre con quien cruzaba unas palabras a modo de saludo.

—Buenas noches. Como siempre esperando.
—Eso parece.
—¿A quién espera? Si puedo preguntar.
—Claro. A alguien muy especial.
—Supongo, de otra forma tanto tiempo y cada día, sería un castigo en vez de una alegría.
—Eso pienso yo. Hasta ahora no he tenido suerte.
—¿A qué se refiere?
—No la he visto salir.
—Entonces si espera ver salir a alguien, no es usted vecino del edificio.
—En efecto, no lo soy.
—Sabrá que no puede estar tanto tiempo dentro, puede tener problemas con Joaquín, el portero de la finca.
—No puede verme.
—No entiendo.
—Algún día se lo explicaré.
—¿Puedo preguntarle donde vive esa persona a quien espera?
—No lo sé. Solo que vive aquí.
—Y no sería más fácil preguntar al portero.
—Él no puede verme.
—Comprendo.
—No. Creo que no me entiende, pero no importa.
—Como quiera. ¿Cuál es su nombre?
—¿El nombre de quién?
—El de esa persona.
—Ah, disculpe. Se llama Micaela.
—Que coincidencia, como se llamaba mi madre.
—¿Qué?
—Mi madre se llamaba así.
—Emplea el pasado.
—En efecto. Murió.
—¿Cómo? ¿Murió?
—Sí, hace meses.
—Lo siento. Es muy triste perder a un ser querido.
—Lo es, y aún más sin síntomas que lo advirtieran.
—Repito Paula, lo siento mucho ¿Tiene una foto de ella? Me gustaría verla.
—Claro, llevo siempre una en mi bolso. Espere, se la mostraré.

Paula abrió el bolso, introdujo su mano en uno de los apartados internos, y en una funda porta fotos, apareció la de una mujer sonriente, con un moño despejando su rostro, alegre, feliz. Con un vestido rojo escotado, dejando ver su elegante cuello. Sostuvo en sus manos la foto e hizo ademán de entregársela al misterioso hombre, sin embargo rechazó sostenerla entre sus dedos, solo miró la foto. Sostuvo su mirada fija varios segundos, después comenzó a gritar desaforadamente y a moverse de un lado para otro hasta que Paula, asustada, optó por retirar la foto, cerrar el bolso y salir a la calle, sin despedirse. Al mirar a través de los cristales de la puerta, comprobó que el hombre había desaparecido. Se extrañó al no verlo en la calle, ni salir del portal. Tan solo habían transcurrido unos segundos. De nuevo sintió un escalofrío en su espalda que no pudo calmar hasta llegar a su trabajo.

Pese a la extraña sensación que recorría su espalda cada vez que atravesaba el portal para salir a la calle, Paula tenía la impresión de haber molestado a aquel hombre, pues llevaba más de diez días sin aparecer, sin verlo ni saludarlo. Pensó por un instante que habría desaparecido. Poco a poco se fue acostumbrando a no verle. Hasta que una mañana volvió a verle.

Como siempre, lo último que recogía eran las llaves que al entrar dejaba en una bandeja de plata, costumbre copiada de su madre. Apagó las luces del pasillo y el hall de entrada y con las llaves en la mano quitó el pasador de seguridad, abrió la puerta y salió al descansillo. Al girar después de dar la vuelta a una de las llaves, tropezó con el misterioso hombre. Al salir no le vio y sin embargo, estaba allí, casi pegado a ella.

—¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha llegado a la planta? No he oído el ascensor. ¿Ha subido las escaleras?
—No voy a responder a ninguna de sus preguntas, Paula. Es usted quien debe responder las mías.
—¿En virtud de que?
—Necesito saber, y solo usted puede responderme.
—¿Responderle? ¿Qué?
—¿Cuando murió su madre?
—¿Que tiene que ver mi madre con su presencia aquí?
—Le repito que no contestaré a sus preguntas. Solo responda.
—Tampoco tengo intención de hacerlo, si antes no se sus razones.
—Lo siento, no puedo.
—Entonces, yo tampoco responderé.
—Tendrá que hacerlo, pues de lo contrario lo pasará mal.
—¿Es una amenaza?
—Si lo entiende así, allá usted. Por favor, sea amable y dígame cuando murió su madre.
—Lo lamento.
—Está bien, terminará por decírmelo, se lo aseguro.

Paula se dirigió al centro del descansillo para llamar al ascensor, mientras el misterioso hombre no se movió. Al escuchar que el ascensor se paraba, echó un último vistazo, pero el hombre había desaparecido. Se metió en el elevador, pulsó la planta baja y esperó nerviosa para respirar el aire fresco de la mañana. Sin embargo nada más abrir la puerta encontró de nuevo al hombre, frente a ella.

—Por favor Paula dígame cuando murió su madre.
—Haga el favor de dejarme en paz, de lo contrario tendré que dar cuenta a la policía.
—No le servirá de nada.
—Como prefiera.

Dejó que la puerta se cerrara y avanzó hasta los escalones. Los bajo, pulsó la apertura de la metálica y se dispuso a salir a la calle. Ni siquiera comprobó que el hombre había desaparecido. Al poner el brazo extendido sobre el picaporte, notó la misma sensación de descarga eléctrica de días atrás, cuando el ascensor se paró entre dos pisos. Dio un respingo y de nuevo el escalofrió recorrió su espalda al tiempo que escuchaba un susurro decir ¿Cómo murió su madre?, dígamelo, por favor.

Miró repetidamente a su espalda, pero allí no había nadie. Salió a la calle, caminó hasta donde aparcó el coche, se subió en él y cerró la puerta. Estaba muy nerviosa, solo escuchaba una y otra vez el mismo susurro: ¿Cómo murió su madre?, dígamelo por favor. Todo el día se mantuvo en aquella situación. No quiso comentarlo con su compañera, pero la notó algo extraña, no se comportaba de la misma manera que cualquier otro día. No llegó a concentrarse y sí pensar que, cuanto estaba viviendo solo era como consecuencia del agotamiento producido por el trabajo y un sentimiento de soledad generado desde la muerte de su madre. Alguien le había dicho que ese trance aportaba muchos traumas, y ella aún no los había superado. Optó por intentar eliminar los susurros de su mente, a los que denominó recuerdos negativos, pero no cesaron ni siquiera cuando regresó a casa.

Por la noche en cada rincón veía la figura de aquel hombre, ahora recubierta de una niebla alrededor de su cuerpo que repetía incansable la misma frase: ¿Cómo murió su madre?, dígamelo por favor. Tuvo que tomarse una píldora para conciliar el sueño, sin embargo a media noche, sobre las cuatro de la madrugada, se despertó sobresaltada con más miedo que nunca. Abrió los ojos al escuchar por enésima vez la frase lanzada por aquel susurro y sentir la misma descarga eléctrica sobre su brazo. Se alzó sobre el colchón, puso los pies en el suelo y echó sus manos a los ojos, aun no se creía lo que veía. El hombre discutía con otros dos cuyos rostros eran desconocidos y horribles. La conversación cesó cuando la vieron levantarse y caminar hacia ellos. De repente desaparecieron y Paula pudo llegar a la cocina para beber agua, sin volver a escuchar la frase o ruido alguno. Pese a ello tardó más de una hora en volver a coger el sueño.

Aquella mañana no vio a su misterioso hombre, ni escuchó nada. Llegó a su oficina y como siempre, conectó su ordenador para comprobar los correos. Entró en internet cuando alguien de la red intentaba hablar con ella.

—Paula, quiero que entres en el blog de un tal Fidel. Me gustaría que te fijaras en la foto del hombre que pone. Creo que le vimos juntas en una ocasión en una cafetería cerca de tu casa. ¿Quieres comprobarlo?
—¿Porque razón? – preguntó.
—Quiere que le avisen si alguien le reconoce. Parece que es un amigo o familiar. Y cómo es posible que te cruces alguna día con él, pues eso, que le podrías ayudar.
—Lo haré, pero ahora no tengo tiempo, es muy temprano y tengo mucho que hacer.
—Vale, pero no lo olvides.
—No lo olvidaré Diana.
—¿Te veré esta tarde?
—No lo creo, debo resolver una cuestión personal.
—Llámame entonces.
—Lo haré.

Al acabar sacó el teléfono del bolso para ponerlo sobre la mesa de trabajo, y al hacerlo comprobó que un bolsillo interior, la cremallera estaba corrida dejando su interior al descubierto. Metió la mano y no encontró lo que buscaba, había desaparecido. Rebuscó y decidió esperar para llegar a casa y comprobar si lo habría olvidado allí.

***

Aclaraciones


Tomas Cruz entró a trabajar en la cafetería a los veinticuatro años, y allí seguía después de tanto tiempo. Primero estuvo de correturnos, más tarde le dejaron en la barra, y por último, responsable de la zona de fumadores para atender mesas, desde el desayuno hasta el almuerzo. Como la mayoría de sus compañeros, se cambiaba de ropa nada más llegar, dejaba en la taquilla la ropa con la que salía de su casa, y se ponía el uniforme obligado por las normas. En realidad solo una camisa blanca con el logotipo de la empresa, pantalón negro y zapatos del mismo color, chaqueta negra y corbata de color diferente a los camareros de la barra. En verano les permitían eliminar corbata y chaqueta, aunque a veces, dado el aire acondicionado, él y sus compañeros optaban por ponérsela para cuidar el contraste de temperatura.

Llegó como siempre, puntual, a las seis y media de la mañana. Esperó unos minutos, a que el encargado general abriera la puerta principal, eliminara la alarma y encendiera las luces. Una vez dentro bajaba las escaleras hasta la planta sótano donde una sala con taquillas y unos bancos de madera entre ellas, marcaba el territorio privado; según rezaba un cartel en la puerta; y procedía a cambiarse de ropa. Sus otros compañeros solían llegar más tarde, y la mayoría de las veces venían desde sus respectivos domicilios con la ropa de trabajo puesta, por lo que no bajaban a los vestuarios.

Marcos abrió la puerta y su mano se dispuso a pulsar el interruptor de la luz, sin embargo se quedó extrañado al ver junto a su taquilla, un pequeño resplandor. Se acercó temeroso, sabía que nada había dejado que emitiera esa luz, sin embargo al llegar a su altura, el conjunto luminoso se arrastró hacia él hasta conformarse en una figura humana.

—Buenos días – señaló aquella figura.
—Buenos días —respondió balbuceando— ¿Qué hace usted aquí? Estos son los vestuarios del personal, no está permitida la entrada. ¿No ha visto el cartel? Esta zona es privada.
—Claro, pero necesitaba hablar con usted.
—¿Qué quiere? –dijo mientras un escalofrió recorría su espalda desde la nuca hasta el coxis.
—Quiero que me confirme algo.
—Adelante.

La figura sacó de su bolsillo una foto y se la mostró.

—¿Sabe quién es?
—Espere, yo le conozco a usted.
—Claro que me conoce, y yo a usted, por eso estoy aquí. Pero ahora, por favor, respóndame ¿Conoce usted a esta mujer?
—Naturalmente.
—¿Cómo se llama?
—Creo que……la verdad, discúlpeme, pero no lo recuerdo. Ya sabe cómo somos los camareros.
—Pero dígame. ¿La conoce o no?
—Desde luego, es la mujer a quien usted esperaba en la cafetería. Con quien charlaba y tomaba una cerveza o un café. Siempre llegaba antes que ella.
—Bien, todo eso lo sé, pero ¿Desde cuándo no la ve?
—Hace bastante tiempo.
—¿Cómo cuánto?
—No sabría decirle, pero creo que más de  tres meses.
—¿Está seguro de que es ella?
—Sí, sí señor. Disculpe, pero debo subir y empezar mi trabajo.
—Está bien, ya le veré más tarde. Ahora suba, no se demore.
—Gracias.

Tomás se vistió con rapidez, cerró la taquilla y mientras lo hacía, intentó recordar. Algo vino a su mente y quiso comentárselo a aquel hombre, sin embargo al intentar buscarlo, ya había desaparecido. Cerró el vestuario y subió a la planta de la cafetería. Dos compañeros ya estaban preparando la barra y las zonas de mesas. Su trabajo era recorrer cada mesa para comprobar si algún compañero, del turno de tarde, había dejado algún rastro de suciedad, o sin poner algún elemento en la mesa, tales como ceniceros, carta de productos etc. Lo hacía desde la puerta de salida frente a la pastelería y acababa en uno de los laterales de la puerta con salida a un edificio de viviendas. Al llegar a ese punto, vio al hombre con quien acababa de conversar en los vestuarios. Permanecía sentado, frente a la misma mesa donde acostumbraba a esperar a la mujer de la foto.

Le pareció extraño, pues las puertas señalaban que el establecimiento aún estaba cerrado al público, los cierres a media altura así lo indicaban, y las luces solo eran posiciónales, no iluminaban con profusión las diversas salas. No obstante, se acercó a uno de sus compañeros y preguntó.

—Habéis dejado pasar a alguien.
—No. ¿Por qué lo dices? Ya sabes que hasta la siete y cuarto no abrimos. Y aun no lo son, no han traído los churros y Evaristo, el churrero, suele ser muy puntual.
—Ya, lo sé. Bueno, gracias.
—¿Te ocurre algo? ¿Estas pálido?
—No, nada.
Tomás estaba intranquilo, nervioso. Es más, una especie de escalofrío recorrió toda su espalda incansablemente. Como pudo fue acercándose a aquel hombre, que aún permanecía sentado y de cuando en cuando miraba su reloj, tal y como le recordaba cuando esperaba a la mujer. Se acercó a él y temeroso le preguntó, mientras con una bayeta recorría la superficie de la mesa de al lado.

—¿Quiere que le ponga algo?
—No gracias. Solo necesito saber cuándo fue el último día que vio a esta mujer – dijo sacando de nuevo la fotografía.
—Ya le dije antes que exactamente no lo sé, pero más o menos tres meses, quizás algo más.
—No me lo creo. Me está mintiendo. Usted sabía que Micaela había muerto y sin embargo no quiso decírmelo.
—No señor, desconozco si ha muerto. Es la primera noticia que tengo. Lo siento.
—No lo sienta. Usted lo sabía y sin embargo permitió que yo siguiera viniendo a esperarla cada día. ¿Lo recuerda?
—Claro que sí, señor. Lo recuerdo. Pero no sabía que su …..amiga, había fallecido.
—No puedo creerle. Perdí un tiempo precioso y ahora podría estar a su lado. Debo encontrarla.
—Pero señor, si está muerta ¿Cómo puede encontrarla?
—Eso no es asunto suyo.


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