sábado, 29 de marzo de 2014

JUAN ESPAÑOL en el MAN





JUAN ESPAÑOL en el  MAN.

En los años previos a la reinauguración del MAN (Museo Arqueológico Nacional), los responsables trabajaron denodadamente para adaptar y poner a punto la ampliación y nuevos conceptos didácticos. Todo ello en orden a poder ser visitado y absorber con más facilidad, cuanto muestran sus más de tres mil metros cuadrados anexados conteniendo y superando la cifra de doce mil reliquias arqueológicas.

Una renovación museográfica absoluta y la incorporación de nuevas técnicas, favorece sin duda alguna la comprensión del discurso expositivo histórico del museo.

A partir de su fecha de inauguración, el gran público, aficionado y estudioso, no solo puede contemplar los maravillosos restos de nuestros ancestros, también disfrutan de una cálida cafetería donde deleitarse con bebidas y algún otro tentempié, o adquirir alguna réplica de la fastuosa Dama de Elche, en miniatura por supuesto.

Sin embargo algo sorprendente se ocultó al gran público.

Alguien descubrió que una importante pieza arqueológica, había desaparecido de su encierro acristalado. De inmediato se dispuso a buscar en archivos, almacenes, despachos y otras decenas de lugares donde apuntaba podría haberse olvidado. No la encontró, por lo que no tuvo más remedio que hablar con el subdirector del centro y exponerle, con temor, la desaparición del objeto.

—Vamos a ver Juan ¿no habíamos quedado en que todas las piezas estaban controladas?
—En efecto subdirector. Todos los equipos tienen sus propios controles. No entiendo cómo ha podido ocurrir.
—Lo primero es lo primero. Veamos la urna donde estaba expuesta.

Ambos hombres atravesaron salas hasta llegar donde la pieza estuvo expuesta. El subdirector recriminó a Juan Español la falta de control, desidia y muchos más epítetos y adjetivos, que todo superior infringe al subordinado inferior. Tal vez por esa disposición innata a sustraerse de la posible culpa y responsabilidad que pudieran exigirle más adelante.

Nuestro hombre no tuvo más remedio que callar y ver como el subdirector abandonaba la sala, camino de su despacho mientras analizaba cuidadosamente a quien debía culpar de tamaña falta. El sin embargo no quedó conforme aunque si tranquilo. Desde su responsabilidad, ajena a cuanto ocurrió, nada le correspondía hacer, su misión no era la observación desde las pantallas que controlaban las cámaras ocultas de vigilancia. Existía un equipo externalizado, contratado recientemente ocupado de ello. Así como de pasear y vigilar in situ, las numerosas salas de exposición.

Ante la situación optó por hablar con uno de los responsables de la vigilancia.

—No sé si debo —respondió el vigilante a la cuestión planteada.
—Necesito saber quién ha visitado esa sala los últimos quince días, previos a la inauguración al público.
—Pero es que no puedo, no me está permitido. Tenga en cuenta que las autoridades del Ministerio y otras instituciones, han venido visitando periódicamente el museo. Y esas imágenes no pueden ser vistas por personal no autorizado. Además, mañana debo entregar todos los soportes donde están grabadas.
—Más a mi favor entonces. Déjeme verlas, así mañana las entrega y todo quedará entre usted y yo. Pero compréndame, es preciso verlas, alguien ha cometido un robo.
—Deberá prometerme que no hará uso indebido de ellas.
—Prometido. Siempre y cuando no se haya cometido un crimen.
—De acuerdo. Acepto. Para ver las grabaciones pase a ese cuarto, no quiero que le vea aquí el subdirector del museo, o mí superior.
—Las veré donde usted me diga.

Durante más de tres horas Juan Español revisó una y otra vez las grabaciones. No reparó en una de ellas y solo cuando puso el sonido; hasta entonces eliminado, por entender no era necesario; advirtió la conversación sostenida por dos voces que identificó de inmediato.

La cinta permitía ver a un grupo de visitantes, seguidos por una pléyade de personajes de segundo y tercer nivel, así como periodistas, reporteros gráficos y cámaras de televisión. Todos ellos rodeaban la urna, sin que pudiera comprobarse la presencia física de la ahora desaparecida pieza. Varios minutos después la sala se oscurecía por completo.

Juan Español hizo repaso memorístico de la fecha de la visita, y héteme aquí que el día siguiente fue precisamente cuando descubrió la desaparición. ¿Coincidencia? o ¿tal vez había descubierto a quien o quienes forzaron el posible robo?

Antes de olvidar la conversación, escuchada poco antes en la grabación, quiso dejar constancia de la misma por escrito. Buscó en sus bolsillos y encontró algo donde escribir.

—Pero señor, eso no debería hacerse.
—¿Por qué no? Él lo hizo con la reliquia de aquella santa y ya ves, estuvo muchos años al frente del país.
—Ya, pero usted no es como él.
—¿Tú crees?
—¿Está seguro de querer escuchar mi respuesta, señor?       
—No, no me digas algo que yo ya sé. ¡Anda! di a todos esos que nos siguen que rodeen esta urna, y cuando me oigas decir: "Señores tengo algo que comunicarles " y todos te den la espalda, inicias la operación del cambio sustancial de posicionamiento ¿Me entiendes?
—Claro señor, ¿Y qué va a decirles?
—Cualquier cosa. De todas formas se lo tragan todo.

Juan Español acabó de escribir, guardó el papel donde dejó constancia escrita de la conversación y salió a la sala de monitores.

—He terminado. La verdad es que no se observa nada especial. No se ve a nadie de los visitantes institucionales sustraer la pieza.
—¡Ve!, ya se lo decía yo. Además ¿cómo van a ser ellos quienes roben algo así?
—Claro, claro. Ellos, los políticos son gente honrada ¿verdad?
—Bueno, todos no. Pero hombre, quienes tienen ciertos cargos, me parece a mí que sí.
—Está bien lo dejaremos, de lo contrario estaríamos discutiendo dos meses sobre si son o no honrados sin lograr ponernos de acuerdo. Gracias por dejarme ver las grabaciones. Y tranquilo, como antes dije, no hablaré sobre ellas si no aparece crimen alguno.

Juan Español no sabía qué hacer. Denunciar cuanto había escuchado quedaba descartado al carecer de pruebas suficientes y fehacientes que demostraran el robo, máxime si no vio imágenes de quien había sustraído la pieza. Su ética se lo impedía. Hacerlo supondría otro trabajador más en la calle. Además, estaba convencido de que nada ocurriría si forzaba esa ética, dado que la grabación podría extraviarse o destruirse.

Reflexionó durante días. Nada se le ocurrió. Tampoco alcanzó a diseñar otra fórmula para denunciar los hechos. Optó por enviar una carta dirigida al asesor que actuó bajo las órdenes de su superior. En ella le exponía con rotundidad los hechos. Al final transcribía la conversación grabada. Eran suficientes pruebas. Ahora solo restaba esperar resultados.

El asesor guardó la carta y en la primera ocasión que tuvo, comentó con quien le obligó a realizar la sustracción de aquella pieza.   

—Verá señor, he recibido una carta a mi nombre donde se expone claramente, que me ordenó retirar la pieza del museo. Está grabado.
—Eso no es posible. Habrá que negar los hechos. Además, nadie podrá probarlo. Ordenaré que oculten o destruyan esa posible grabación, así no sabrán que miento.
—Ya pero..
—No hay peros que valgan. Haz lo ordenado.
—Claro Don Mariano, así se hará. Cumpliré sus órdenes.

Algo tuvo que suceder, pues seis días después, el Ministro del Interior convocó una rueda de prensa para declarar que, gracias al esfuerzo investigador de las fuerzas de orden público, bajo sus órdenes, se había podido recuperar la pieza robada del recién inaugurado Museo Arqueológico Nacional. Si bien dado el uso indebido de la misma, el museo optaba por repararla. Mientras se realizaban los pasos necesarios, se expondría una copia exacta. Señaló por otro lado, que no se había anunciado la desaparición o robo, por cuanto se trataba de no manchar la marca España. Algunos leyeron entre líneas otra razón. Tal vez la falta de seguridad en un museo del calibre e importancia que es el MAN.

Numeroso público, ahora azuzado por comprobar la exquisita y maravillosa pieza robada, acudió en masa a verla. Al pie de la urna, ahora reforzada con un halo de luz láser escondiendo una posible alarma, aparecía una nota expositiva de aquella suntuosa pieza.

Están ustedes admirando una pieza única. Rescatada arqueológicamente de los albores de la historia de España. Se trata de LA MANO DURA. Con ella durante siglos gobernaron nuestra tierra, fenicios, griegos y romanos.
Cuando los visigodos se hicieron cargo de nuestras tierras y las configuraron como reinos, también la usaron hasta la llegada de los árabes y su ocupación durante varios siglos, quienes también la usaron. Más tarde los reyes cristianos, fueron pasándose la pieza, que sin duda les ayudó a reinar y ocupar otras tierras bajo el nombre de la cruz y ampliación de nuestro insigne imperio. Tras su desaparición, fueron otros quienes la asumieron como suya, y continuaron gobernándonos. Hubo sin embargo un insigne prócer de nuestra patria en nombre de los españoles de bien y en el nombre de Dios, quién junto a otra pieza, no incluida en este museo, la utilizó para dirigir nuestra España y nos apartó del horror, pese a iniciar una guerra fratricida.

Posteriormente y durante la época más reciente, denominada por algunos, época democrática, quedó olvidada en el viejo almacén de este museo.

Pocos días antes de la inauguración de éste museo, La Mano dura, fue robada por alguien que tal vez intuyendo su poder casi mágico, quiso utilizarla y ostentar su propiedad. Gracias al esfuerzo de todos los españoles y la Virgen del Sagrario, se ha recuperado y usted visitante puede admirar esta pieza única.

Juan Español leyó aquella nota, y supo sin duda alguna, que contemplaba una ruda copia. Estaba convencido de que alguien mantendría el original  en su poder al menos hasta el año 2015.

© Anxo do Rego. 2014

Todos los derechos reservados.

viernes, 28 de marzo de 2014

Final de AD FINEM. Una historia de confesiones.

He podido comprobar que al menos a cuarenta de vosotros os ha intrigado la historia. Y como no podía ser menos, cumplo lo prometido y ahí va la segunda y definitiva parte, el final. Claro que no estaría de mas recibir vuestros comentarios críticos, al final de éste post.

SEGUNDA PARTE. Final de AD FINEM


—Escucharé, pero no grabaré.
—Gracias amigo.
—Bien. Atiende. Durante meses trabajé de sol a sol, olvidándome de lo que era, de mi preparación universitaria, de mis conocimientos técnicos. Necesitaba caer roto en la cama cada día, sin que me diera tiempo a pensar, huía de cuanto pudiera recordarme a la mujer y al hijo. No me relacioné más que con algún compañero, y me negaba a acompañarlos en cuanto intentaban presentarme a su familia. Es fácil deducir la razón. Me tacharon de huraño, de poco sociable. Sin embargo, el día en que como te decía, vi a aquellos canallas discutiendo tranquilamente, mientras gentes como los asesinos de mi familia seguían en libertad y se permitían decir y marcar pautas de comportamiento, se me revolvieron las tripas. La siguiente semana decidí cambiar de trabajo, busqué otro que me permitiera ganar más dinero y sobre todo viajar esporádicamente a mi querida ciudad de San Sebastián. Durante meses aprovechaba los fines de semana para acercarme a las poblaciones donde se reunía aquella gentuza. Cuando pude, me trasladé y logré que me contrataran para trabajar en la Diputación, catapulta para conocer cuánto necesitaba. Casi un año después conseguí saber que los hijos de puta que pusieron la bomba que mató a mi Blanca y a mi Iñaki, vivían tan campantes en Villafranca de Ordizia. Una mañana visité la población para cerciorarme si eran ellos. Aproveché para dar a la policía datos de donde se encontraban. Dos semanas después tres de los cuatro murieron en un enfrentamiento con un desconocido grupo. Los inflaron de droga evitando que sus dirigentes los convirtieran en héroes del pueblo. Preparaban algo especial.
—Piensa bien en lo que vas a contarme. No deseo ni mucho menos tener que ….
—Te repito que no me importa.
—A mi si Julen, a mí sí.
—Entonces sigue escuchando. El cinismo, la hipocresía y la mentira, es el oxígeno de los políticos. Y el odio lo es de quienes como yo, han perdido a alguien asesinado por esas bestias. No me quedé satisfecho con saber que tres estaban muertos y quise hacer algo más sonado. Ellos con su cobardía dan cuantos golpes quieren. Mi odio era superior y preparé algo especial. Conseguí conocer el lugar donde solían reunirse algunos de sus dirigentes. Me colé en el restaurante instalado en un caserío, y en el suelo, justo bajo la moqueta donde acostumbraban a almorzar puse unos artilugios, de manera que al sentarse no tuvieran más remedio que pisarlos. Se asemejaban al sonido producido al pisar bombas antipersonal, de esas que explotan en cuanto dejan de presionarlas. El caserío estaba alejado de la población. Cuando abandonaron los coches y entraron en la sala, se sentaron y oyeron el clic. Aunque no le dieron importancia, si se mantuvieron quietos, sin moverse. Pocos minutos después entré para confirmar si conocían el sonido producido. Permanecieron callados sin saber que decir. Tras intentar convencerles de pertenecer a su ralea, me trasladaron el temor que les invadía. Salí de la sala y regresé con una caja. Me miraron asustados. La abrí y saqué unos zapatos pequeños, como los que utilizaba mi hijo Iñaki, luego una pulsera similar a la que regalé a Blanca cuando nació nuestro hijo. Preguntaron si con aquello sabría decirles si lo que había bajo sus pies era una carga explosiva. Lo afirmé categóricamente diciéndoles: Desde luego, tanto mi hijo como mi mujer, claman desde el otro mundo, al que decidisteis mandarlos, y ellos desde allí dicen que en efecto, lo que hay debajo de vuestros pies es un explosivo y muy pronto os reuniréis con ellos, aunque lo dudo, posiblemente iréis al que está destinado a los canallas. Me llamo Julen Carracedo y vosotros disteis la orden de poner la bomba que segó la vida de ambos. Hoy moriréis por aquello. Si os levantáis explotará y si no lo hacéis  también, hay otra carga que explotará dentro de diez minutos. Adiós. Salí del caserío, me crucé con tres hombres, al parecer guardaespaldas de los que se encontraban en el interior, o que se yo. No me tapé la cara como hacen ellos cuando los detiene la policía. Avancé hasta el coche aparcado, arranqué y conduje más o menos quinientos metros, paré, saqué el interruptor a distancia y lo apreté. Vi como el caserío reventaba escupiendo la mierda que había dentro a su alrededor. A dos kilómetros me crucé con dos coches patrulla, al parecer conocían la reunión y por razones que desconocí me detuvieron, claro que antes, ya había hecho desaparecer mis guantes y el detonador electrónico. No puse impedimento alguno. El resto creo que lo sabes. Tres días antes envié una carta al periódico Egara, señalando que por cada muerte de gente inocente morirían cinco asesinos de la misma forma,  tal y como murieron mi mujer e hijo. Fue lo que acabó implicándome, aunque no pudieron probarlo, ni yo lo admití.
—Te aseguro que no tendré en cuenta cuanto acabo de escuchar.
—Y yo que no me importa si lo utilizas. Ya no pueden juzgarme por los mismos delitos de asesinato y tengo una sentencia que así lo señala, aunque me hayan puesto en libertad, ellos como yo, y ahora tú, saben que en realidad maté a esos hombres, no estoy orgulloso de ello, aunque tampoco me arrepiento. Entiendo a los políticos, a quienes representan a la justicia, aunque sean retrógrados y estén sumidos en un pasado involutivo, pero que le vamos a hacer, es lo único que hay, claro que así nos va con gente de tal medida. Y los comprendo porque no pueden permitir que gente como yo se tome la justicia por su mano, pero si la dejamos en la de ellos puede eternizarse y por supuesto cruzar esa línea de prescripción, o determinar que algo especial o singular, dentro de los límites legales, ha sucedido y les impide tomar su jurídica decisión. Y mientras tanto los asesinos campean sin pudor alguno. Esos jueces parecen esperar a que mis iguales sigamos ejerciendo lo que ellos no pueden o no quieren hacer hasta que se roce el límite y traspasemos las señales indicadoras de que a unos metros, en esa dirección, nos encontraremos indefectiblemente con algún movimiento fascista. Estoy harto, cansado y aburrido, pero sobre todo dolorido por las escaramuzas políticas, de escuchar a la gente meter a todos en la misma caja, y no es así.
—Entiendo cuanto dices, pero por favor no sigas contándome más cosas de ese tenor, tal vez ….., bueno en realidad, pienso como tú, solo que has sido más valiente que yo.
—Entonces haz algo.
—Lo haré, ahora deja que consiga digerir cuanto has dicho. Quedará entre nosotros.
—Eso es precisamente lo que no quiero. Es necesario que diseñes algo para que lo  conozcan mis conciudadanos, no podemos permitir el triunfo del desastre, y no hay nadie con suficientes reaños para afrontarlo.
—Y has decidido que puedo ser el indicado.
—Solo después de haberte observado y confirmar personalmente la información que tengo sobre ti. ¿O crees que no sabía quién eras? También yo se analizar y sobre todo saber con quién me juego los cuartos. Piensa que mi estancia en la cárcel, solo sirvió para evitar que me matara esa gentuza, y mi puesta en libertad y posterior indemnización, fruto de una mala conciencia. Trabajaremos juntos, yo seguiré averiguando datos y tú de vez en cuando los publicarás. Cuando regresemos trazaremos un plan. ¿Te parece bien?
—Supongo que sí.
—Entonces acabemos y volvamos a Madrid, tenemos mucho por hacer. Yo seguiré vengando no solo la muerte de la mujer y el hijo, sino lo que representan, y tú, abriendo los ojos a nuestros conciudadanos. Ahí va mi mano.
—La tomo con afecto. Pero antes de marcharte, me gustaría ofrecerte este obsequio, suelo hacerlo con todos mis entrevistados.
—Gracias. Como nos seguiremos viendo, también yo podré hacerte un regalo.
—No es necesario.
—Claro que lo es, querido amigo.
—En fin, como quieras. Pero por favor, ábrelo cuando estés tranquilo en tu casa.
—Claro.

            Antes de caer la tarde regresamos a Madrid, tomamos una última copa antes de separarnos en la misma cafetería de la mañana. Acompañé a Julen hasta su casa, a unos cientos de metros del hotel. Le dejé en la acera y arranqué el coche, giré para enfrentarme de nuevo a la Plaza de Cuzco. Saqué el teléfono móvil del bolsillo, marqué un número y esperé a que sonara cinco veces, no hubo respuesta. En ese momento una explosión me aturdió como a otros muchos conductores. Bajamos del coche y nos fijamos en la humareda. Volví a entrar y murmuré: No había duda alguna, él fue quien lo hizo, ahora irá al encuentro de su mujer e hijo. Mi  hermano está vengado.

            Al día siguiente escribí mi columna, y los siguientes intenté descifrar cuanto me había contado aquel hombre que mató a Berto Aguirre, un muchacho de tan solo dieciséis años que comenzaba aquel día a trabajar como camarero en el restaurante de aquel caserío, y voló por los aires cuando Julen Carracedo lo hizo explotar con cinco canallas dentro.




oOo


miércoles, 26 de marzo de 2014

DOCE CASOS EN MADRID.

Con la novela bajo el título DOCE CASOS EN MADRID, inicié la saga de ROBERTO HC (hasta ahora 18 títulos) como personaje principal. En ella el protagonista, inspector de policía de Madrid, comienza a investigar los casos que el comisario le entrega. Posteriormente accede al puesto de Inspector Jefe y tras diversos avatares, es nombrado comisario sustituyendo a su amigo y jefe superior, nombrado Director General de la Policía.

Esta primera novela recoge pues los doce primeros casos investigados por Roberto HC responsable de investigar los casos extraños en su comisaria.

Espero que os guste leerla.

¡Ah! se me olvidaba, podéis descargar gratis la edición digital (epub)    pulsando aquí 


Y si tenéis tiempo, os agradeceré la deferencia de añadir un comentario en este Blog. Gracias de antemano.

domingo, 23 de marzo de 2014

LA ULTIMA REENCARNACION. Novela Negra de la Serie ROBERTO HC.

LA ULTIMA REENCARNACION, titulo de una de las investigaciones realizadas por el comisario Roberto HC, puede adquirirse en edición impresa y edición digital en CASA DEL LIBRO y EL CORTE INGLES.
Os propongo leer algunos de los párrafos, no publicados en ocasiones anteriores.


Caminaba por una perpendicular a la calle de Goya, a la altura de la estación de metro de Velázquez, cuando reparó en un cartel, Donato Britos Mejuto. Psiquiatra. La clínica estaba en la primera planta. Subió apenas tres peldaños desde el nivel de la calle. A un lado y otro del amplio portal recubierto de placas de mármol rosa, aparecían sendas puertas de madera barnizadas. Sus hojas estaban cubiertas por unos cristales traslucidos. Se mantuvo pensativo unos instantes y por fin decidió pulsar el timbre. Una señorita con bata blanca abrió la puerta.

-       Deseo ver al doctor Britos.
-       ¿Tiene cita?
-       No. Es la primera vez que vengo.
-       Esta bien, espere un momento y veré si puede recibirle.
Poco después.

-       Acompáñeme,  el doctor le espera.
-       Dígame en que puedo ayudarle – preguntó nada mas verle.
-       Necesito que me informe previamente, luego decidiré si estoy dispuesto a ponerme en sus manos.
-       Como quiera.
Después de media hora de conversar, el doctor se dirigió a Evaristo Fuena.

-    Así, a simple vista, no se trata de un problema complejo. Tiene ciertos síntomas que de no tratarlos podrían derivar en un proceso difícil de atajar mas adelante. Irá seguramente en aumento y le recomiendo comenzar con una serie de consultas, conmigo o con cualquier otro profesional en la materia. Pero insisto, debe ponerse en manos de un especialista de la mente humana.
-       Está bien, entonces adelante. Me pondré en las suyas.
-       Toma la decisión acertada. Me alegro.
-       Yo intentaré alegrarme al final del tratamiento. ¿Cuándo empezamos?
-       Déjeme ver la agenda con mi asistente y enseguida le confirmo.
Durante la primera semana y tras ir diariamente, como le recomendó el doctor, su mente se encontró en un nivel extraño y poco comprensible. Hora y media de hablar y recordar para poner solo los cimientos de la estructura, no eran al parecer suficientes. En la segunda semana, los indicios no presagiaban nada bueno. No avanzaba, y en ocasiones, se encontraba peor que los primeros días de consulta. El doctor no comprendía la situación mental de Evaristo. Veía claros síntomas de apatía y su estado emocional disminuido y al mismo tiempo tendencias paranoicas y psicóticas, agresividad que no sabía a que obedecían.

-     Estamos ante algo que no puedo descifrar.
-      Pero doctor, usted me dijo que en poco tiempo solucionaríamos algo estructural. ¿Qué ocurre?
-       Nada difícil de superar, aunque desearía formularle una pregunta.
-       Adelante.
-       ¿Estaría dispuesto a iniciar unas sesiones de hipnosis inducida?
-       No entiendo, explíquese.
-   No lo haré yo, no puedo ni debo aplicar terapias que no estén suficientemente contrastadas. Pero de vez en cuando asisto a sesiones practicadas por  un compañero que está profundizando en ese campo, y pese a que la Psicología actual se basa en la investigación y no en la especulación, entiendo que no debemos cerrarnos a medios o sistemas que de alguna forma puedan colaborar o favorezcan la curación de un paciente.
-  Esta bien doctor, ¿cuando podemos hacerlo? Estoy dispuesto si mi problema se soluciona con ello.
-    Mañana podré decirle algo mas concreto. Hablaré con él ahora mismo y estableceremos la oportunidad.
-     Muy bien, entonces hasta mañana.
Al día siguiente cuando entró en el Despacho del Dr. Britos, se encontró con dos hombres desconocidos que inmediatamente le presentó. Se trataba del Psicólogo Marcos Montehermoso y Rubén Riesco, su ayudante.

-      Bien – inició el Dr. Britos – Marcos le pondrá en antecedentes de cuanto va a hacer, donde y como. Luego redactará un informe que yo leeré posteriormente y comentaré con usted en nuestra sesión. A partir de ahora realizaremos una a la semana. Con ellos serán dos a la semana. ¿Le parece bien?
-       Claro, pero me gustaría conocer en que consisten las sesiones y el proceso.
-     No se preocupe. Intentaré ponerle al corriente de la teoría y tesis psicológica que mantenemos algunos colegas y yo.
-       Escucho.
-    Verá Evaristo. Partiremos de la siguiente premisa: Nuestra alma es eterna por naturaleza y nuestro actual cuerpo es uno de los muchos que hemos habitado con anterioridad. Es como un registro de nuestras experiencias con la imposibilidad de ser borradas. Siempre estamos en un constante viajar, caminando hacia el conocimiento y cada vida pasada no es otra cosa que un alto, un descanso en el constante aprendizaje. Es normal que cada individuo programe consciente o inconscientemente su vida y su conducta, en cada una de ellas, forje de alguna manera la siguiente, coadyuvando al aumento de la experiencia. Así pues, podría decirse que nuestro camino no es otro que la constante construcción de nuestro destino. Si añadimos que en lo más profundo de nuestras mentes, existe un nivel de sabiduría capaz de liberar y expandir la conciencia de cada día, podemos asegurar que cuando nuestra mente contacta con ese conocimiento, con esas memorias guardadas en el tiempo, y son liberadas, éstas pueden ser evocadas con facilidad.
      Trataremos de ponerle en contacto con esas vidas pasadas, con ese nivel de sabiduría, de manera que podamos posteriormente confrontarlas con sus experiencias actuales. Eso nos conducirá indefectiblemente a mejorar los trastornos psicosomáticos que tiene actualmente, para mejorar y lograr su bienestar individual.
      Haremos dos sesiones semanales de regresión mediante hipnosis inducida. Mi ayudante colaborará anotando cuanto ocurra. Se controlarán sus constantes mediante una serie de electrodos incorporados a su corazón y cerebro. Lo hemos hecho muchas veces, puede confiar en nosotros. No hay peligro alguno.
-   Debo decirles algo. No soy creyente por naturaleza. Me refiero a mis creencias religiosas, pero desde luego tampoco creo en la reencarnación ni en lo que voy a someterme. Lo hago convencido por la propuesta del Dr. Britos y por supuesto en mis ansias de que cuanto me ocurre mentalmente, pueda ser erradicado definitivamente.
-     Para su tranquilidad – añadió el Dr. Britos – no se realizará ninguna sesión de regresión sin mi consentimiento previo, y después de que vea personalmente los resultados de la anterior.
-      Conforme doctor. Me parece ideal y correcto.
-     Bien, entonces si le parece mañana mismo realizaremos la primera sesión. ¿Le viene bien?
-       Si, como no.
-       Anote la dirección. Le esperamos a las once de la mañana.
-       Allí estaré.
Tal y como le comentó el día anterior, Marcos le puso los electrodos en diferentes partes de su cabeza, brazos, pecho y pantorrillas. La sesión duró dos horas cuarenta y cinco minutos. Dos días después Donato Britos leyó:

Informe num. 1. Primera regresión realizada en 12 de Diciembre de 2006.

La regresión se inicia con balbuceos que nos hacen pensar se trata de su primera vida. Proceso de nacimiento, infancia, juventud para pasar posteriormente a su estadio de adulto. Los últimos días de su vida, se inicia hace mucho tiempo, durante la Cultura del Hierro en la Edad Antigua:

El valle era amplio. Se extendía a lo largo de una considerable zona. A ambos lados aparecían vigilantes, sendas agrupaciones montañosas. El pico mas alto de una de ellas tenia dos agujas gemelas apuntando al cielo. En la otra, la figura era redonda dando final a la ondulada presencia de colinas cubiertas de hierba y arbustos. En la zona central del valle, una lengua de agua discurría a veces entre rocas, otras, la mayoría, dejaba ver el caudaloso fluir hacia un final no descubierto. Solo existía una única forma de cruzarlo, en su parte mas alejada del valle, cuando el río se mecía en el lento devenir del caluroso verano y el caudal era bajo, dejando al descubierto unas largas y amplias lajas de piedra cubiertas de algas.

Dos grupos de hombres y mujeres se establecieron a cada orilla. El río se constituyó como línea divisoria para ambas tribus. Nadie sabría decir que motivó el odio sostenido por ambas desde el momento en que se descubrieron. Durante años solo se miraron a través del límpido aire del valle. Apenas intentaron cruzar al lado opuesto. Solo lanzaban frases amenazadoras mientras elevaban fogosamente las armas sostenidas en sus manos. Algunos ancianos, en noches estrelladas, rememoraban las ocasiones en que intentaron cruzarlo. Jóvenes guerreros fueron arrastrados en diversos intentos fallidos. Sus cuerpos no fueron recuperados y sus espíritus no conseguirían la paz al no realizarse los oportunos rituales de muerte.
Los jefes tribales no cesaban de buscar el medio para atravesar la línea divisoria. A lo largo del valle y en ambas orillas, dispusieron elementos para hacerlo, lianas y troncos con los que deslizarse. No cesaban de ambicionarlo, aunque jamás lo consiguieron. Quizás fuera esa la razón por la que la vida era tranquila y sosegada.
Antes de la llegada del invierno, como cada año, debían salir fuera del valle en busca de alimentos para pasar la época de nieves. La caza entonces era inexistente. Nadie temía incursiones de la otra tribu. Sabían la imposibilidad de atravesar el río, por lo que todos los hombres, excepto los ancianos, salían a cazar. Solo un par de jóvenes a punto de atravesar la edad púber, quedaban a cargo y custodia de las mujeres, ancianos y niños.
Aquel día, desde la otra orilla vieron como se alejaba el grupo. Como siempre, podían contemplarse despedidas llenas de sonrisas.  Aquellos también lo harían horas mas tarde. Desde uno y otro lado al cruzar las miradas, alzaron sus armas amenazadoras. Solo eran gritos y gestos. Sin embargo aquella ocasión no sería igual. Nada permanecería en idéntica situación a cuanto había ocurrido en años precedentes. Durante cerca de un mes los hombres de ambas tribus se mantendrían cazando y curtiendo pieles, ahumando las sabrosas carnes de venados y jabalíes. Aquel grupo era ajeno a cuanto ocurría.
Un grupo de nueve guerreros regresó a los dos días de iniciar la temporada de caza. No pasó por el conjunto de chozas donde aguardaban las mujeres y niños de su propia aldea. Tres kilómetros antes, retiraron las ramas que cubrían ciertos enseres y comenzaron a prepararse para cruzar la lengua de agua. La soga parecía una gran serpiente enroscada. Ataron con ella una pesada piedra lisa, con puntas en ambos extremos, y cuando comprobaron que no podría desprenderse, la llevaron junto a dos cimbreantes, jóvenes y gemelos olmos blancos situados a pocos metros de la orilla. Ataron a ambos árboles una tupida red y pusieron sobre ella la piedra atada a un extremo de la soga.  Dos hombres sujetaron cada árbol con sendas cuerdas. Hicieron diversas maniobras de adaptación y cuando comprobaron la exactitud de sus movimientos, a la orden de jefe del grupo, cimbrearon ambos olmos como si de una catapulta se tratara. Luego lanzaron la piedra que atravesó el río, para caer sobre las ramas de una arboleda en la orilla opuesta. La piedra  merced a su peso giró una y otra vez sobre una gruesa rama, hasta fundirse con ella en un abrazo, como una enredadera. Mientras, a lo ancho del caudal de agua la soga comenzó a mecerse retenida por un grueso nudo en el extremo opuesto.
El jefe del grupo fue el primero en meterse en el río. Pese a la fuerza del agua se mantuvo asido a la soga. Poco después sus hombres vieron como se elevaba hasta el árbol que sostenía la piedra atada. La bajo y circundó a lo ancho del tronco. Una vez asegurada alzó su brazo derecho invitándoles a seguirle. Los ocho hombres fueron pasando uno a uno. Dispusieron sus armas y una vez repuestos del esfuerzo, caminaron a lo largo de la orilla que no les pertenecía.
Poco antes de llegar a la aldea, observaron sin precipitarse, a cuantos hombres podrían enfrentarse. Solo dos jóvenes, cuatro ancianos y el resto, mujeres y niños. Con un ademán del jefe Fuena, los ocho hombres cargaron sin piedad sobre la aldea. Los gritos pidiendo auxilio eran sofocados por certeros golpes, o atravesados por rápidas flechas que paralizaban la vida de quienes las recibían. Después de un profundo y satisfecho momento, dio orden de colocar todos los cuerpos sobre una imaginaria línea, en el suelo.
Fuena, lanzó unas palabras al viento, miró al cielo y poco después, fue arrancando el corazón a cada uno de los cuerpos, mediante una incisión con su cuchillo. Los metió  en una bolsa de piel.
La sangre cubría su rostro, manos y ropas. Se acercaron a la orilla del río para lavarse y regresar a la arboleda. Aunque el rojo color de sus ropajes no desapareció. Volvieron a introducirse en el río, lo atravesaron y tras descansar unas horas, iniciaron el regreso junto al resto de la tribu. Tardarían cuatro días en dar con ellos. El resultado de aquel sacrificio sería la obtención de abundante caza. Su dios les premió.
En la aldea solo quedó con vida un anciano. Poco antes de llegar aquel asesino y sus hombres, como chamán de la tribu, había salido en busca de raíces y hojas para con ellas, preparar el brebaje necesario en la ceremonia de encuentro, a su regreso de las jornadas de caza. Oyó voces, ruidos y llamadas de auxilio. No se atrevió a continuar. Logró esconderse y observar la cruel matanza de Fuena y sus hombres.
Cuando desaparecieron recordó las palabras utilizadas para el ritual. Prendió una hoguera y junto a ella comenzó a prepararse para dar el último adiós a su gente. Al acabar, subió al punto mas elevado de la aldea, hizo un último ritual y lanzó una maldición a Fuena. Dijo:  Que tu dios te rechace y tu alma no conozca el tiempo de purgación. Que no logres reencarnarte en animal o planta. Que siempre lo hagas en la misma forma de hombre cruel, sin pasar por los estadios previos. Serás perseguido en cada una de tus vidas. No lograras nunca sosiego ni descanso, ni formaras parte del alma universal del mundo.
Luego bajó a la aldea y ayunó durante los días que tardaron los hombres en regresar de su labor. Se adelantó hasta Anel, jefe de la tribu y le contó lo ocurrido. El grito desgarrador que lanzó, se escuchó a lo largo y ancho del valle. Los componentes tribales de la otra orilla sintieron escalofríos de miedo al escucharlo. No adivinaron a que obedecía hasta que Fuena contó a su Jefe, Abuer, lo ocurrido días antes. El y sus ocho hombres fueron desterrados de la tribu. Fuena moriría ahogado poco después en el mismo río que atravesó para cometer sus crímenes.
Durante los meses siguientes Abuer cada vez que cruzaba su mirada con Anel, desde su orilla, bajaba la cabeza y ponía la mano derecha sobre su corazón. Aquel le respondía levantando ambos brazos. Luego hacía un gesto sobre su garganta señalando que pronto encontraría la muerte.

Aparecen niveles de alteración aunque no preocupantes, justo en el momento en que es arrastrado por la corriente del río. Luego se calma para inmediatamente continuar con lo que debe ser su segunda vida. 

Se desarrolla  durante la ocupación de Hispania por el Imperio Romano.

Al final de la calzada, entre el inmenso y frondoso pinar, marchaba sobre un caballo marrón, el Primus Pilus  Julius Fuena. Su espada corta, de doble filo, colgaba del costado izquierdo. La armadura de cuero rojo ajustaba perfectamente su torso. Sobre su cabeza un casco con penacho de similar color, le distinguía como miembro de la VI Legión de Hispania. Su salida obedecía a órdenes recibidas de su Tribuno Militar. Algunos hispanos insurgentes, imposibilitaban con sus ataques, el desplazamiento hacia destinos menos fríos. Tenía orden de eliminarlos. No saldría de las estribaciones de la Sierra de Guadarrama hacia tierras levantinas hasta acabar con ellos. Se lo había prometido a Pompeyo.
Julius Fuena, había ganado el concurso de su Tribuno Militar, su apoyo y sobre todo confianza. Siempre superó los enfrentamientos con los hispanos. Tenía fama de hombre luchador y despiadado con los enemigos y así había llegado hasta el Legatus. Durante los meses que duró la campaña, los avances no eran del agrado de Pompeyo. En un último esfuerzo para abandonar la fría Sierra, pidió a Fuena, acabar con la oposición insurgente. Los pastores hispanos conocían bien el lugar por donde se movían. No así los romanos invasores. Aquellos salían a luchar con las pocas armas de que disponían, algunas recogidas a los propios soldados a quienes otro día dieran muerte. Lejos de los pinares, a dos días a caballo, una aldea respiraba con temor. Los romanos estaban muy cerca, solo los esporádicos ataques guerrilleros, los mantenían alejados de allí.
Julius Fuena tras escuchar las palabras del legionario, tomó la decisión de cargar contra la aldea. Envió un grupo al pinar para entretener a los hispanos y otro con él al frente, menos numeroso, hacia la aldea. Siete hombres cargaron sobre el nutrido grupo de mujeres, niños y ancianos que aguardaban la llegada de sus luchadores. Sin embargo cuando llegaron éstos solo encontraron muerte y desolación empapada con la sangre de sus seres queridos.
Fuena no dio orden de abandonar la aldea hasta que él la recorrió, atravesando cada cuerpo sin vida con su espada para extraer su corazón. Todos los arrojó a una bolsa de cuero teñida de color rojo. Con ella sobre su caballo dio orden de regresar al campamento.
Un grito desgarrado pululó a través de los árboles cuyas copas rozaban el cielo. Aquel día acompañaron con sus lágrimas a los hombres que desolados lanzaron por boca de su jefe una inquietante y lapidaria maldición: Que tu dios te rechace, y tu alma no conozca el tiempo de purgación. Que no logres reencarnarte en animal o planta. Que siempre lo hagas en la misma forma de hombre cruel, sin pasar por los estadios previos. Serás perseguido en cada una de tus vidas. No lograras nunca sosiego ni descanso, ni formaras parte del alma universal del mundo.
Cuando Pompeyo supo lo ocurrido en la aldea, ejerció su derecho y mandó ajusticiar a Julius Fuena. Pocos días después abandonaron los pinares no sin antes intentar disculparse por lo ocurrido. Los pastores no lo aceptaron. Volvieron a enfrentarse al más poderoso ejército del mundo. Así, sus almas fueron al encuentro de las esposas e hijos muertos días antes por el cruel Julius Fuena.

Fin del informe. Firmado Marcos Montehermoso.

jueves, 20 de marzo de 2014

POR FAVOR, NO HAGAN RUIDO

Por favor, no hagan ruido, es un relato corto, con un misterioso contenido. Me atrevo a ponerlo aqui por si alguien puede ayudar al protagonista. ¿Os gustará?

POR FAVOR, NO HAGAN RUIDO.

© Anxo do Rego
Todos los derechos reservados.

***

Dedicatoria:
A un joven capaz, entusiasta
y honesto, mi hijo Víctor



Inhumanitas omni aetate molesta est
 La inhumanidad es penosa en cualquier época  Cicerón


*** 

El anuncio que apareció en el periódico, señalaba la dirección donde debía presentarme, y la hora, 20:04. Estaba en plena temporada de invierno. La tarde se había cerrado gris y comenzaba a caer aguanieve. Me extrañó la exactitud horaria de la cita. Decidí tomar el metro para desplazarme, siempre fui muy puntual. El llegar a la dirección encontré el portal abierto, entré, y lo primero que vi, fue un antiguo paso de carruajes que desembocaba en un patio. Me extrañó no encontrar ni un solo tiesto con plantas o flores.

Atravesé el patio y en el fondo, tras superar tres escalones, encontré dos portalones de madera. El situado a la izquierda, se presentaba pintado de color verde oscuro, y el opuesto de un negro profundo. Algo más me extrañó, fue que en ambas, aparecían fijados sendos carteles sujetos con una chincheta en el centro, a la altura de mis ojos, cuyo texto, idéntico, señalaba: Por favor no hagan ruido, pueden molestarlo.

Miré de nuevo el anuncio para comprobar si me había equivocado. Pero no, exactamente era, el portal nº 6 derecho, 6ª planta, puerta 6. Empujé despacio el portalón negro, que cedió con suavidad. Las escaleras se iniciaban a la derecha del ascensor, comencé a subir por ellas, dado que otro cartel anunciaba: No funciona, estropeado, pero por favor, no haga ruido al subir, pueden molestarlo.

En cada planta encontré idéntico cartel con un texto similar. Al llegar a la tercera paré para tomar resuello. Los escalones de madera, raídos y faltos de barniz por el uso, eran altos y molestos para subir. Aguanté las ganas de suspirar mientras alcanzaba la sexta altura. Una vez allí comencé a buscar la puerta 6. El pasillo estaba oscuro y tuve que tantear la pared para intentar localizar un supuesto interruptor, que al pulsar, lo iluminara. Fue inútil. Decidí arrastrar una de mis manos por la pared. Mientras mis ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad con el fin de localizar las puertas, especialmente la sexta. Cuando la encontré pasé la mano hasta rozar otro cartel sujeto a la pared. Para leerlo no tuve más remedio que sacar un encendedor para iluminarme. Decía: El Timbre no funciona. Por favor no hagan ruido, pueden molestarlo.

Miré el reloj y comprobé que aún faltaban dos minutos para la hora señalada. Durante unos segundos me mantuve dubitativo, no sabía qué hacer. La disyuntiva era, si el timbre no funcionaba, no quedaba otro medio para avisar mi presencia que golpear la puerta con los nudillos, y precisamente desde que atravesé el portal de entrada, la constante anunciada era, no hacer ruido. Me pesaba la incertidumbre. En mi cerebro se repetía una y otra vez la frase: por favor no hagan ruido, pueden molestarlo.

Por fin me decidí, y opté por golpear. El momento exacto de la cita se echaba encima y siempre fui puntual. Además ¿cómo sabrían de mi presencia si no llamaba? Lo hice solo una vez aunque temeroso. Muy poco tiempo después oí unos extraños sonidos al otro lado de la puerta, lo traduje como si un tropel de gente fuera acercándose a la puerta, despacio con lentitud. Esperé y al no abrirse la puerta, golpeé de nuevo en varias ocasiones espaciadas por unos cuantos segundos.

Al cuarto intento de golpear con suavidad mis nudillos sobre la madera, el ruido parecía más cercano, aunque diferente al escuchado inicialmente y más potente, como si algo se arrastrara sobre el suelo.

Con el quinto y desesperado intento, sentí un escalofrió recorrer mi espalda mientras mis cabellos se erizaban y el sonido era cada vez más pronunciado e irreconocible por extraño, jamás había oído algo similar.

Con la sexta llamada de mis nudillos, advertí el gran error cometido, provocar ruido, no guardar silencio. De repente escuché, esta vez más pronunciados, unos gruñidos acompasados del supuesto arrastre. Al mismo tiempo se repitió el escalofrío. En esta ocasión se mantuvo más tiempo sobre mi espalda. Sentí miedo. Un miedo como nunca antes lo había sentido.
No me atreví a seguir. Decidí abandonar, salir de allí cuanto antes, pero no me dio tiempo, la puerta se abrió y algo o alguien, inesperadamente, agarró mis brazos con fuerza arrastrándome dentro. Intenté hablar, pero las palabras formuladas en mi cerebro, no llegaban a traducirse en sonidos en mi garganta, no salían. Unos grandes deseos de gritar, se acumulaban en mi cerebro y aumentaban por momentos. Por el contrario mis fuerzas cada vez eran menores. Era como si alguien estuviera absorbiéndolas, se escapaban de mi cuerpo por segundos. Sentí una flojedad inquietante. Las piernas apenas me sostenían.

Giré como pude la cabeza hacia la puerta y comprobé que se había cerrado. En ese preciso instante, lo que sentí ya no era miedo, sino un pánico cerval acompañado por un único deseo, correr, salir de aquel lugar como fuera. Sin embargo aquella especie de ser lanzó algo parecido a una frase. No supe traducirla. La voz; si podía definirse como tal; brotada de aquel ser, era grave y profunda, como surgida de ultratumba. Iba acompañada de un hedor irresistible, posiblemente creado a partir de algo en putrefacción y azufre. Continuó arrastrándome hacia el interior de la vivienda. De repente se paró me situó frente a su supuesto rostro y dijo de manera algo más clara:

—¿Viene por el anuncio?
—Si  —respondí con temor.
—Bien. Ahora siéntese y dígame si está dispuesto a trabajar para mi jefe.
—Aun desconozco que debo hacer —respondí sin convencimiento alguno, dado que mi único deseo era marcharme de allí inmediatamente.

A partir de esas frases cruzadas, de nuevo silencio y oscuridad. Miré a mi alrededor pero apenas veía más allá de un metro. El hedor aumentaba y sentí unas enormes ganas de vomitar. Como pude las eliminé. De repente la voz de aquello, sonó de nuevo.

—El anuncio lo decía bastante claro: Funciones de secretario personal de una importante figura.
—Supongo que para ese puesto estoy preparado, pero disculpe, no señalan horario y esa es una cuestión importante para mí, quizás más que el sueldo.
—Tal vez.
—¿Entonces?
—Su horario será, todo el día.
—¿Y qué tipo de contrato laboral? ¿Por tiempo determinado o indefinido?
—Su tipo de contrato será para toda la vida.
—¿Cómo? ¿Qué dice?
—¿Debo repetírselo?
—No. No es preciso, pero entendí toda la vida
—Eso es lo que he dicho.
—Vale. ¿Y el sueldo?
—No le hará falta sueldo alguno. Tendrá cuanto necesite, solo precisará pedirlo y se le entregará.
—Bien.
—Dentro de unos momentos le presentaré a quien será su jefe.
—¿Y usted quién es?
—A quien va a sustituir.
—No entiendo.
—Yo acabé mi función como secretario personal. Por ello puedo decirle que el trabajo es delicado. No debe ni puede cometer errores, yo realicé más de uno, y como consecuencia de ello, el Jefe me ha condenado a esto  —dijo al tiempo que encendía una tenue luz rojiza.

Mi sorpresa fue mayúscula. Me quedé atónito al observarlo. Aquella figura no era humana, sino una especie de simbiosis entre un gusano y un caracol gigante. Una composición híbrida solo imaginada por un dibujante de comics de terror o ciencia ficción. Su cabeza resaltaba por enorme, del resto del cuerpo, y sus brazos pese a mantenerlos sujetos al tronco, eran más largos de lo normal, en proporción a su asqueroso y repugnante cuerpo. No tenía piernas, habían desaparecido fundiéndose con el gigantesco cuerpo ondulado y parduzco. Al ver mi cara de asco y asombro, apagó la luz e inmediatamente aparecieron las arcadas y el deseo de vomitar. De nuevo escuché su voz.

—No se preocupe a mí también me ocurrió con mi antecesor.
—Puedo preguntarle cuánto tiempo lleva……., trabajando para esa persona.
—Exactamente ciento veinticinco años. Le recomiendo se limite a hacer aquello que le pida, no cometa errores o le castigará, suele hacerlo condenándonos a permanecer el resto de nuestra vida con una forma tan extravagante o más que la mía.

De pronto se oyó un estampido seguido de un fuerte y penetrante olor a azufre.

—Ya ha llegado, no tardaré en presentárselo —señaló aquel ser.
—Todavía no he aceptado —dije balbuceando.
—Claro que ha aceptado. El hecho de venir y entrar, es suficiente para aceptar el trabajo, máxime teniendo en cuenta que no hizo caso de los carteles y le molestó, hizo ruido. Creo que por eso está algo molesto. No le gusta nada el ruido y sus reacciones son como las del mismo demonio.
—¿Cómo se llama?
—Tiene muchos nombres, ya le dirá él como quiere que le llame.

Ha transcurrido mucho tiempo y he querido escribir esto antes de convertirme en algo imposible de describir y por supuesto, que algo me impida hacerlo. Por cierto, he debido cometer muchos errores, y mi jefe ha debido enfadarse bastante, pues mi cuerpo ha iniciado un proceso de conversión. Mis manos parecen garras, las uñas, largas, negras y retorcidas apenas me permiten sujetar la pluma con que escribo. Mis piernas se han tornado extrañamente deformes, yo diría que se parecen a las de un macho cabrío, con pezuñas en vez de dedos. Y de mi cabeza salen unas protuberancias endurecidas largas y retorcidas. Mi rostro es horrendo, tengo los ojos saltones y rojos, y las orejas, puntiagudas. Y lo peor, si pudieran oírme les produciría algo parecido a terror, mi voz se ha transformado y se asemeja más a un gruñido profundo y desgarrador, prefiero no hablar. Hoy decidí eliminar los espejos, pero antes quise mirarme y verme reflejado por última vez, por eso puedo describirles como soy, y la verdad, me parezco a mi jefe, es decir al mismo lucifer.