martes, 29 de abril de 2014

PROMESA CUMPLIDA.


PROMESA CUMPLIDA.      

Miro su rostro. Ahora frunce el ceño y me mira de soslayo. No dice palabra alguna, solo mira. Lo hace desde mis ojos hasta los pies. Seguro que desea interpretar los movimientos de mi cuerpo, como comunicación no verbal. No lo consigue, permanezco estático. La imito, solo miro y guardo silencio.

Los minutos son densos y los nervios, al menos los míos, inician un proceso que indefectiblemente me llevarán a un estrés sublime. Sin esperarlo, su voz inunda la habitación.

—Voy a dejarte —dice impasible, segura y sorprendentemente fría.
—¿Que dices? ¿Por qué? No he dejado de amarte. ¿Cuál es la razón?
—No preguntes. Es mejor que desconozcas no una, sino las mil razones que tengo.
—Pero, dímelas. Necesito saberlo.
—Y yo prefiero no señalarlas. Supongo que lo entiendes.
—No. No lo entiendo. Por favor, ¿por qué y ahora?
—Que más da, hoy o mañana. Tal vez pasado, o dentro de una semana. El fin será el mismo.
—¿Dejaste de amarme?
—Olvídalo.
—Respóndeme, por favor.
—Es inútil. Sabes la respuesta. Además, no tengo gana alguna de seguir con una discusión así.
—¿No puedes intentarlo de nuevo?
—¿Cómo quieres que te lo diga?
—Pero prometimos amarnos toda nuestra vida. Ofrecernos felicidad el uno al otro. Estar pendientes de posibles enfermedades para cuidarnos.
—Se cuánto nos prometimos, pero la vida es así. Suceden hechos que no podemos dominar y hacen fluctuar, quizás eliminar, aquello que prometimos. Todo cambia, se modifica, no es perenne.
—Entiendo que las cosas cambien, pero mi amor por ti no ha cambiado, permanece inalterable.
—El amor no existe si no es reciproco. Es un camino de ida y vuelta. Y yo ya no vuelvo.
—Espera, espera un momento. ¿Recuerdas aquel día en que ambos sentados en el coche, frente al portal del número veintinueve, prometimos amarnos hasta que la muerte nos separara?
—Lo recuerdo. ¿Puedes esperar un momento?
—Naturalmente.

Sale del salón con lágrimas en los ojos, creo que mis palabras han hecho mella, la han convencido. Vuelve enjugándose las lágrimas y con un paquete en sus manos.

—¿Quieres esperar un momento? —me pide sollozando.
—Claro. Claro que sí, cariño.
—¿Quieres darme la espalda un segundo?
—Desde luego, cariño.

Me vuelvo. Mis ojos ven la luz del sol a través de la ventana. Oigo ruido del papel al deshacer el paquete. Creo que ha debido recoger un regalo oculto hasta hoy. Escucho.

—¿Quieres volverte por favor?
—Ahora mismo, cariño.

Mantiene algo oculto en su mano derecha. Lo ha cubierto con el pañuelo de cuello verde con flores amarillas, regalo por nuestro vigésimo aniversario. Creo que habrá conciliación.

—Antes señalaste la mutua promesa que nos hicimos hace tiempo frente al número veintinueve
—En efecto, así fue.
—Bien. Pues ha llegado el momento de cumplir la promesa.
—Me alegro.

Un ruido ensordecedor llena el salón. Siento un golpe y algo que me atraviesa el cuerpo. Abrasa y duele. Siento algo extraño, como si mi vida se escapara por segundos. Las piernas no me sujetan y la vista comienza a nublarse. No comprendo lo ocurrido. Oigo a lo lejos unas palabras de ella, casi imperceptibles.

—Promesa cumplida. ¡Hasta que la muerte nos separe, cariño!

©Anxo do Rego.
Todos los derechos reservados.






lunes, 28 de abril de 2014

JUAN ESPAÑOL DESANIMADO

Casi con ansias, espero la llegada de algún correo de mi  amigo Juan Español. A veces me pregunto si en vez de pedirme publicar sus comentarios, conversaciones o encuentros, no sería mejor abrirse un Blog. Creo que se lo preguntaré la próxima vez que nos veamos personalmente.

Mientras tanto ahí va el recibido hoy bajo el titulo JUAN ESPAÑOL DESANIMADO.

Me gustaría ser más positivista, pero créanme, no es posible. Con solo ver las telediarios, en cualquiera de las emisoras existentes, escuchar una o dos de radio o leer tres o cuatro diarios de alcance nacional, que me ponen al corriente de la información, me produce tal desánimo que me entran ganas de hacer como las avestruces, esconder la cabeza hasta que pase esta situación actual, tan extraña, difícil e incomprensible. ¿Qué digo, esconder yo la cabeza? pero si eso es precisamente lo que hacen quienes me rodean. Me explicaré.

Basta un sencillo ejemplo. Entro en una cafetería hoy lunes, resaca de un domingo futbolero. Denominado por algunos el opio de pueblo. Converso con alguno de los parroquianos que beben entusiasmados un mal café, con una mala leche y peor mantenimiento de las mínimas normas de higiene por parte de quien lo pone. Me refiero al hecho de calentar leche en una jarra metálica sin tapa, después de estar  expuesta a cualquier germen aerobio, bacteria o virus. La introducen un mango metálico raído, por donde sale vapor y esperan el gorgoteo ruidoso, señal de estar hirviendo. Después compruebas como con la misma bayeta de repasar el mostrador, o sus manos, limpian cuidadosamente los restos de leche del susodicho mango del vapor, y vuelven a dejarla en situación de espera a que un incauto y confiado cliente pida un café con leche. Lo cierto es que no nos entra algún mal de tripas porque ciertos humanos aún tenemos anticuerpos.

En fin, no quiero desviarme de lo pretendido. Al entrar en la cafetería, me suelo situar como siempre, cerca de la puerta, en una de las esquinas de la barra. Espero a que una camarera me atienda. Es solícita, rubia, menuda, atenta, simpática y domina el castellano a la perfección. Por comentarios, confirmo que es una emigrante de Ucrania.

—Buenos días ¿Lo de siempre?
—Lo de siempre, buenos días.

Sobre el mostrador reposan varios periódicos de información general. También los deportivos. Tomo uno de ellos y como acostumbro, repaso los titulares. Encuentro algunos que me provocan inquietud.

No terminó el café, creo que si lo hago me sentará mal, debo esperar a deglutir las noticias. Uno de los clientes habituales ha visto mi gesto de desánimo y pregunta.

—¿Que le ocurre?
—En realidad, nada —respondo—solo que después de leer los titulares, se me revuelven las tripas.
—¿Me permite?
—Claro, a su disposición. Mientras tanto intentaré acabar con el café. Después si quiere comentamos.
—Faltaría más, amigo.

Han pasado varios minutos. De cuando en cuando mi compañero de barra y café, mira con atención mi taza. Comprueba si está vacía. Presiento que no desea marcharse sin cruzar algún comentario. Así es.

—¿Que le ha producido malestar?
—En realidad todo —respondo—No soporto la situación, es algo superior a mis fuerzas.
—Pero hombre, está usted en España ¿Que se creía?
—Precisamente eso, que estaba en España. Según parece nos acercamos cada día más a uno de esos países llamados tercermundistas de Asia o África, donde gobierna un dictador, y solo se hace su voluntad, domeñando los derechos de la mayoría de ciudadanos. Saltándose normas, costumbres, obligaciones y derechos.
—Veo que es usted un iluso.
—Tal vez. Aunque una cosa tengo clara. De seguir así estoy convencido de que muy pronto me marcharé a otro país a vivir.
—¿Se rinde?
—No, nada de eso. Solo es que a esto no lo veo solución  y además es imposible seguir enfrentándonos a la pléyade de gente que nos gobierna. ¿Qué razones puedo esgrimir para seguir luchando? ¿Ver como los jueces son juzgados y condenados mientras políticos y otras gentes, mantienen vivas sus expectativas de seguir gobernando y dirigiendo instituciones pese a quien le pese?¿Ver cómo la justicia es lenta y desigual? ¿Saber que muchos de los delitos serán sobreseídos por estar próximos a su prescripción? ¿Ver cómo normas y leyes se acomodan a unos cuantos, eximiéndolos de la responsabilidad que si exigen al resto de ciudadanos?
—¡Hombre! si lo mira usted así.
—¿Y cómo quiere que lo mire? Todo cuanto nos exigen a los ciudadanos de a pie, solo reza para nosotros, la élite gobernante directa y en la sombra, está eximida. La mentira se ha convertido en algo cotidiano. El abuso de derechos es incuestionable. La mayoría de avances sociales logrados durante años se han desvanecido como el humo de un cigarrillo con el viento. Estamos caminando hacia algo imprevisible. Los odios y enfrentamientos cada día son mayores y evidentes. La desesperación de los desesperados está llegando a límites incalculables. Y créame amigo, cuando muchos de aquellos que ya nada tienen que perder, se levanten un día y digan ¡Basta ya!, este país, que ha parado su marcha hacia el futuro y retrocedido al menos tres décadas, puede verse inmerso en una dinámica de violencia. Precisamente porque ya nada pierden. Precisamente porque ni siquiera ven su futuro más allá del día siguiente. Carecen de trabajo y si lo tienen es casi de esclavitud. No tienen que comer, o muy poco. Todo eso, entre otras opciones culturales, sanitarias, jurídicas, etc., hacen que el individuo se mire en el espejo y diga ¡este es mi cuerpo y lo ofrezco en aras de un futuro para mi familia!
—Es muy duro cuanto dice.
—¿No lo ve usted así?
—La cierto es que yo también las estoy pasando canutas, pero de eso a verme envuelto en algo que casi he olvidado, un enfrentamiento, pues eso que no lo quiero pensar.
—Supongo que tiene hijos ¿verdad?
—En efecto.
—¿Que no haría usted por ellos?
—Cualquier cosa.
—Pues amigo mío, así están miles y miles de ciudadanos, luchando por sus hijos. Enfrentándose a un ejército bien pertrechado, que es el poder, con las manos desnudas o un simple palo. Alguien debe verle. Alguien querrá copiarle. Alguien pervivirá. Así ha sido siempre y seguirá siéndolo. Muchos deberán morir para constancia de esa lucha necesaria. Nos acercamos peligrosamente a una confrontación social con visos de violencia ¿No ha visto las noticias de hoy? A un político le han dado un puñetazo, y a otro le han estrellado un huevo. ¿Qué más necesita?
—Tiene razón. Pero carezco de fuerzas para enfrentarme.
—Y yo estoy con más desanimo cada día. Es una atmósfera irrespirable, contaminada de todo. De coyuntura económica, cultural, sanitaria, laboral, judicial y mucho más. Sigo escuchando que todo ello, es producto y consecuencia de aquellos otros que gobernaron en su momento. Y de eso ya han pasado casi tres años. Y claro me pregunto si los actuales dirigentes aún no han tenido tiempo o ganas de reparar cuanto dicen originaron los anteriores gobernantes. Mire usted amigo mío, nuestro país necesita una nueva génesis, que no una revolución, aunque se le parece bastante.
—Lo siento debo marcharme, lamento no poder continuar con la conversación.
—Entiendo perfectamente.
—Adiós.
—Hasta pronto, si la situación no estalla antes.  

Tal vez debería seguir ejemplo de muchos de mis conciudadanos y caer en los brazos de ese opio que es el fútbol. Al menos durante unas horas olvidaré el desánimo.

© Anxo do Rego. 2014
Todos los derechos reservados. 

jueves, 24 de abril de 2014

EL SOBRE

Abro el buzón del correo antes de subir hasta la segunda planta donde tengo mi domicilio. Suelo hacerlo con frecuencia, pese a que cada día es menor la correspondencia que recibo por este medio. Solo hay un sobre con mi nombre escrito en caracteres de imprenta.

Las ocasiones en que suelo abrirlo, solo encuentro propaganda absurda. Creo que faltan profesionales a la hora de imprimir este tipo de publicidad. Me duele pensar el inútil gasto de papel y tinta realizado, y aún más el resultado obtenido.  Aunque sobre este último punto deberían ocuparse quienes despilfarran su tiempo y dinero.

Subo los peldaños de los dos tramos por planta. Introduzco la llave amarilla en la cerradura superior y la naranja en la inferior. Entro en mi casa.

Almuerzo. Acabo de ver y escuchar las noticias y recuerdo el sobre que dejé junto a las llaves en el mueble de la entrada.

Lo abro y saco una hoja de papel blanco. Al desdoblarla aparecen unas frases.

Mañana viernes, es el día previsto para su muerte. Aproveche el tiempo que le queda para despedirse de quien más quiera. Tardarán en volver a verse.

Vuelvo a meter la nota en el sobre y me siento. Me pregunto,  ¿Será una broma?¿Será cierto? No hay firma ni rúbrica. El dorso del sobre carece de remitente.

Ahora espero a que llegue mañana. Me da miedo cerrar los ojos ¿miedo de que? No puede despedirme de alguien, estoy solo. Creo que ha llegado la hora. Soñaré contigo y rememoraré mis momentos de felicidad a tu lado. Mi último pensamiento será para ti. Adiós.

©Anxo do Rego.2014
Todos los derechos reservados




martes, 22 de abril de 2014

JUAN ESPAÑOL EN UN CENTRO PARA JUBILADOS

Como cada día que transcurre, es otro más que me acerca a la tercera edad; según suelen denominar muchos a ese periodo que se inicia tras jubilarse; he creído conveniente acercarme a un centro de los pocos que aún perduran, donde esos mayores pasan entretenidos cada jornada, desde la mañana hasta que cae la tarde.

Esperé a que dieran las once de la mañana para acercarme al centro más próximo a mi domicilio. El día, aunque gris; ayer lo tuvimos lluvioso; se antojaba templado. Me acerqué esperanzado y con un deseo, convertirme por unas horas en otro más de aquellos hombres. Es curioso, apenas pude ver a mujer alguna. Posiblemente sea otra cuestión a preguntar.

Permanecí cerca de media hora bajo unos soportales cercanos hasta ver como uno a uno, solos, acudían al centro de día habilitado. Nadie preguntó el motivo de la visita. Crucé la puerta, pasé al patio y después al edificio.

Lo hice sin subir escalón alguno, las salas están situadas en la planta baja, menos mal — pensé— de esa forma los ancianos no necesitan esforzarse para entrar, como he podido comprobar en otros lugares. Llama mi atención un cartel sujeto en la puerta donde puede leerse: "por favor no se lleven los periódicos o revistas, otros pueden desear leerlos"

No había mucha gente, quizás porque es lunes, y según me comentaron, están en el consultorio médico. Comentario surgido de alguna de las mujeres que pululan llamando la atención a quienes, según su arbitrario y personal criterio, no mantienen la debida compostura. Es decir, elevan el tono de voz, golpean la mesa al cantar las cuarenta o las veinte en oros, jugando al tute, o discuten las jugadas de su equipo de fútbol la jornada del domingo. No les permiten discutir sobre la política actual —algunos se comportan como energúmenos— añadió una de las censuradoras.

En primer lugar quise ver todas las instalaciones. Un gran salón con mesas y sillas, con algunos sillones, no muy cómodos por cierto. Varias lámparas de pie y un televisor; recientemente incorporado; de esos de pantalla plana. Según rezaba la nota cercana al pie, obsequio de una empresa de alimentación de la zona.

A partir de las doce y media, comenzaron a llegar muchos más asiduos al Centro de Día. Comprobé como fueron formándose grupos más o menos numerosos. Me acerqué a uno para escuchar los comentarios surgidos de sus bocas. La mayoría quejándose de la espera para ser atendidos por el médico.

—Pues yo tenía cita para las nueve de la mañana y me han recibido a las diez y media —dijo uno de ellos.
—A mí me ha pasado lo mismo. Si tomaran amabilidad en vez de café para desayunar, a lo mejor hasta podrías darles las gracias —dijo otro.

Estaba claro que las críticas y demás comentarios escuchados, obedecían al desigual trato ofrecido por los médicos o enfermeras que los trataban.

En otro de los grupos oí opiniones dispares de cómo manejar la situación por la que atraviesa el país. Pese a que comentaban en voz baja dado el temor a que los llamaran la atención algunas de las vigilantas, según algunos, haciendo honor a la señorita Rottenmeier, célebre personaje del cuento Heidi.


Quejas, muchas quejas, que después de analizar todas ellas, están cumplidamente atinadas y llenas de razón. Pese a que las pensiones de la gran mayoría no son muy elevadas; ninguna supera los mil euros; deben hacer frente a más gastos que hace un par de años. Uno de ellos comentaba.

—Antes ahorraba aunque fueran cuarenta o cincuenta euros, hoy apenas cubro mis necesidades, más amplias cada mes,  pues atiendo a uno de mis hijos, en el paro, su mujer y un niño pequeño. Si a eso le añades, que antes no pagaba medicamentos y ahora debo hacerlo, y que el aumento de la pensión de este año ha sido de un 0,25%, puedes imaginarte. Estoy comiendo más macarrones y arroz que nunca. Ni me acuerdo desde cuando no me compro unos pantalones o unos zapatos. Menos mal que según dice el gobierno estamos saliendo de la crisis, de lo contrario no sé dónde iríamos a parar. Ahora bien, no alcanzo a comprender como debemos ser los pensionistas quienes soportemos la carga mientras los bancos reciben miles de millones para sanearse, si han sido ellos los causantes del despilfarro y consecuentemente de la situación actual. Y aun menos que quienes nos obligan a sacrificarnos, reciben prebendas, dietas, sueldos millonarios etc. etc. ¿Qué ocurre, a ellos les ha parido la virgen?¿O es que son más ciudadanos que cada uno de nosotros, y están por encima del bien y del mal?
—Déjalo ya Augusto, te pones nervioso y tu tensión se dispara. No podemos hacer nada, por el momento.
—Claro que podemos hacerlo. Yo por lo menos, no como tú que sigues a pie juntillas cuanto pregona el actual presidente de gobierno. Te crees cuanto dice, y por lo menos hasta ahora, solo ha mentido a quienes como tú le votaron, y sobre todo a quienes como yo, no lo hicimos y nos ha castigado. Se le llena la boca diciendo "el esfuerzo de todos los españoles". Él y muchos como él no lo deben ser, a la vista está. Me hace gracia su patriotismo chapucero, su ley del embudo, sus mentiras rodeadas de increíbles estupideces. Pero si, tienes razón Leopoldo, supongo que debo guardar silencio, no vaya a ser que alguno de vosotros me denuncie y termine en la cárcel.
—No se atreverá nadie, pero es posible que puedan negarte la entrada al Centro, si te escucha alguna Rottenmeier.
—Vale, por ahora guardaré silencio, pero si tampoco puedo opinar, apaga y vámonos.

Cada grupo, cada personaje del Centro de Día, tiene su particular opinión sobre la situación que vive. Es su mundo, es donde exponen lo que piensan, donde juegan a las cartas y se entretienen leyendo la prensa, ya que no pueden soportar el coste de comprarlo cada día, lo necesitan para otros menesteres. Sin embargo no hay espacio para todos ellos. Las calles y paseos, cuando hace sol, están repletos de gentes ancianas buscando un banco donde sentarse, donde encontrar a una persona que escuche sus batallitas, quizás las mismas cada día y antes de que la memoria reciente se convierta en memoria del pasado, o las olviden por completo.

Sin embargo hubo alguien que me hizo sentir amargura. En uno de los sillones cercanos a un ventanal, buscando la luz del día, observé a un hombre leyendo un periódico deportivo. Sus ojos lo hacían a través de unas pequeñas gafas negras, cuyas patillas se sujetaban con trozos de esparadrapo.

—¿Quién es? —pregunté señalándole.
—El suicida.
—¿Como el suicida?
—Se llama Antonio Linaza. Le llamamos el suicida porque dice que lo hará en cuanto cumpla los setenta y cinco años.
—¿Saben la razón?
—No, pero su presencia nos anuncia la muerte, y eso no gusta a nadie. Sabemos que la tenemos cerca, pero no hace falta que nos lo recuerde nadie.
—¿Esta siempre solo?
—Normalmente sí.

Me acerqué hasta unos pasos cercanos y frente a él.

—Buenos días. Disculpe.
—Buenos días ¿Le conozco?
—No. Lo lamento, me presentaré. Me llamo Juan Español.
—Y yo Antonio Linaza ¿Necesita conversación? porque si es así no soy la compañía más apropiada. Diría que tampoco es conveniente mantenerse a mi lado, soy bastante negativo, y eso causa malas influencias en los demás.
—No me preocupa. Pero si algo que he oído decir de usted.
—¿Que ha oído?
—Le llaman el suicida.
—¡Ah! ¿Es eso? ¿Curiosidad?
—No lo llamaría así, pero si usted lo prefiere, vale.
—¿Y qué quiere? ¿qué le diga porque me lo dicen?
—Si no tiene inconveniente, me gustaría escucharlo.
—Tendrá que invitarme a un vermut, y fuera de aquí. En este centro miserable no nos permiten beber.
—Está bien, salgamos.

Solo se despidió de un controlador al atravesar la primera puerta de salida y a través de la ventanilla. Del resto de asistentes al centro, como suele decirse, pasó de ellos.
A lo largo de la calle, encontramos una cafetería.

—¿Entramos en esa? —pregunté.
—Por mí, no hay inconveniente.

Nos sentamos uno frente a otro de una de las mesas de la terraza cubierta. Poco después un camarero nos preguntó. Dos vermuts —respondí.

El primer trago lo dio Antonio. Yo le miré y sin esperar más dijo.

—Disculpe, pero no me gusta brindar.
—No importa, todavía no tenemos razón para ello.
—En efecto.
—¿Y bien, le apetece contarme el porqué de su apelativo?
—La verdad es que no, pero dada la invitación, cumpliré con lo prometido hace unos minutos.
—Se lo agradezco.
—¿Es usted periodista o similar?
—No, solo un hombre inquieto y observador.
—Entonces ¿para que desea conocer mis razones?
—A veces suelo mandar cuanto veo o reflexiono a un amigo, y éste lo publica en su blog, en internet.
—Es decir, que cuanto le cuente será publicado.
—Si usted quiere, naturalmente que sí.
—Tampoco me importa mucho.
—¿Entonces?
—Vale, le contaré.

Dio otro sorbo al vermut, y se dispuso a hablar.

Pues sí, en efecto, me suicidaré. Y lo haré después de cumplir los setenta y cinco años. Es una historia muy larga, se la acortaré algo, de lo contrario nos darían las doce o más de la noche. Así que seré todo lo breve que pueda.
Fui al colegio, hice el bachiller, después el Preu, pero no pude entrar en la universidad. Mi familia era pobre. Trabajé desde los catorce años y al mismo tiempo estudié lo poco que pude. Ya le he dicho. No tuve novia hasta poco antes de ir al servicio militar. Tuve la desgracia de casarme con una mujer que no me correspondía, no elegí bien, y aquello me provocó numerosos problemas.
Le contaría muchas más cosas, pero son detalles personales que no vienen al caso. Pero si lo es mi soledad. Algo que llevo como una segunda piel, cosida al cuerpo.
No tuve hijos, o si, no lo sé. Se tienen para disfrutar con ellos, para educarlos, no para vivir con ellos en la distancia. Eso no es tener hijos. Y eso es lo que a mí me ocurrió.
¿Mi familia? Algo inexistente. Discusiones y más discusiones. Disparidad de criterios y ningún acercamiento.
Tengo un hermano, pero me ocurre lo mismo que con mis hijos, la lejanía es una constante, la cercanía motivo de discusión. Opté por pensar y vivir como si no los tuviera. Solo han añadido más problemas a los ya existentes.
¿Trabajo? siempre lo hice, sin descanso hasta la hora de jubilarme. Pero con una vida vacía, con hijos distantes y amigos perdidos, en una constante búsqueda de un mínimo de felicidad.
Me casé dos veces y ambas sustentadas en cimientos de arena.
—¿No ha querido a nadie ¿ me refiero a alguna mujer?
—Claro que sí, solo que cometí el mayor error de mi vida y la dejé marchar. Es algo de lo que me arrepiento constantemente. Sufro y me maldigo por ello.
—¿Tiene remedio?  
—¿Cómo va a tener remedio a estas alturas de mi vida?
—¿Me lo va a contar?
—No. Eso pertenece únicamente a mi soledad. Lo siento.
—¿Es una razón para ese anunciado suicidio?
—Desde luego que sí. ¿Usted cree que puede pasarse toda una vida buscando cariño y no encontrarlo u obtenerlo?
—Pero según ha dicho, tiene dos hijos.
—Claro, resultado de mi constante búsqueda de cariño. Pero no lo encontré.
—¿Y hoy?  Bueno, me refiero a su situación actual.
—Como he dicho, anduve buscando cariño, felicidad. La encontré y viví durante una corta temporada, pero luego todo se convirtió en una lúgubre e irrespirable tristeza. Hasta hoy. No he cesado de buscar y aunque atisbé momentos, no fueron lo suficiente fuertes para continuarlos. Más tarde me rendí, y me ocupé de trabajar y esperar. ¿Esperar a qué? me he preguntado una y otra vez hasta que llegó el proceso que rompe con la rutina diaria. Esa que me permitía ocultar la densa tristeza que pesaba cada día más. Y ahora, cuando ya no tienes fuerzas, ni espíritu o ganas de lucha, llega la jubilación y la soledad se hace menos llevadera, absurda. No hay razón para seguir viviendo. Por eso he decidido mantenerme vivo hasta que cumpla los setenta y cinco años. Claro que si todo sigue como está ahora,  tal vez me vea obligado a hacerlo antes.
—¿A qué se refiere?
—¡Venga hombre! sabe tan bien como yo, que los jubilados somos un estorbo. Se nos considera una lacra, un lastre. Actualmente vivimos algo similar a lo que hace años vi en una película bajo el título Soylent Green. En ella se expone un mundo que refleja un futuro distópico. Una ciudad está habitada por más de 40 millones de personas, físicamente separados en una pequeña élite que mantiene el control político y económico, con acceso a ciertos lujos como verduras y carne, y una mayoría hacinada en calles y edificios donde malvive con agua en garrafas, y dos variedades de un producto comestible: soylent rojo y soylent amarillo, que son la única fuente de alimentación, ya que la producción de alimentos naturales se ha extinguido por el efecto invernadero. La compañía Soylent es una empresa que fabrica y provee alimentos procesados de concentrados vegetales. Soylent verde es el nuevo producto alimenticio sacado al mercado, basado en plancton, según la publicidad de la empresa.
Un policía de la ciudad, vive con su amigo, un anciano ex profesor que sólo rememora el pasado. Cuando el planeta era más habitable y existía suficiente alimento para todos.
El amigo anciano, decide dar fin a su vida en un sitio llamado El Hogar, el cual recrea el mundo como era en su época de juventud, mientras agoniza, y sólo acierta a decirle al policía, que siga su cuerpo como pista antes de desaparecer. El seguimiento de su cadáver ofrece al policía el destino real de todos los cuerpos humanos, que no es otro que acabar procesados como Soylent verde para ser parte de dicho preparado alimenticio. El final de la película sólo evidencia esa situación sin poder ofrecer ninguna solución a lo que ya se ha generado.
—Pero Antonio, lo que dice es fruto de una ficción. Actualmente no estamos en un mundo como el que ha descrito.
—Tiene razón. Como se encuentre el mundo me importa un bledo, y poco puedo aportar ya para salvarlo, ya lo hice desde los catorce años trabajando para los demás. Ahora mi único deseo es morir cuando yo quiera, como el anciano de la película, no cuando los políticos y presidentes de bancos quieran.
—Explíquese mejor.
—No deseo vivir, eso es notorio. Carezco de las suficientes fuerzas para seguir haciéndolo así, triste y solo, pero si además, esa gente limita mis posibilidades ejerciendo el poder que ostentan para restringir o eliminar mis inalienables derechos, como son una vejez sin problemas, una pensión digna ganada con el sudor de mi esfuerzo y trabajo, acceso a la cultura para cumplir con mi ocio en un intento de que supla mi soledad y tristeza, o conservar mi salud como es debido ¿ qué me queda? únicamente morir con dignidad y alejado de cuanto pude ser y no conseguí, en silencio, sin el amor de aquella a quien ame, y sin causar problemas.
—Antonio, supongo que no servirá de nada, pero me gustaría decirle que todo tiene arreglo. Que la tristeza no debe ser el fiel que domine su vida. Existe algo más.
—¿Cómo qué?
—La amistad.
—Ese sentimiento lo tengo, pero no me insufla la suficiente fuerza. Siempre he necesitado sentirme amado. Estuve toda mi vida en una constante búsqueda sin resultado. Por eso decidí esperar a cumplir los setenta y cinco años y apartarme de este mundo.
—Reaccione.
—Lo hice. Lo siento me he convertido en un ser negativo.
—Más siento yo no poder ayudarle.
—Lo hace soportando mis cuitas y sinsabores.
—No me ha dado detalles.
—Ni se los daré, al menos hoy.
—Entonces esperaré a otro día. Nos tomaremos otro vermut y así podré contarle algo de mi vida.
—Esto tal vez ayude a disipar mi tristeza.
—¿Le parece bien vernos dentro de quince días?
—Le esperaré en el Centro.
—De acuerdo. Ahora debo marcharme.
—Yo también.

Salimos juntos de la cafetería y pasé el resto del día sumido en una especie de nube melancólica. Solo hoy y transcurridos seis días, me he atrevido a contarlo.

No sé si mi amigo Anxo, se atreverá a publicarlo. No obstante se lo haré llegar.

Confío en no haberos producido tristeza, pero la vida es como el título de la obra teatral de  Luigi Pirandello, Así es si así os parece.

©Anxo do Rego. 2014

Todos los derechos reservados. 

lunes, 21 de abril de 2014

Fotos de mi coleccion particular

Os gusta la foto que hice a un banco en Badajoz,


 si es así puedes ver muchas mas, pinchando en


                                                           

miércoles, 16 de abril de 2014

GRANADA Nombres de calles #

Durante mis paseos por la ciudad, suelo llevar conmigo una de mis camaras para fotografiar cuanto me llama la atención. Hoy quiero ofreceros los rotulos de algunas calles.


lunes, 14 de abril de 2014

JUAN ESPAÑOL Y LA POBREZA

Esta mañana a primera hora de la mañana he recibido un correo de Juan Español con una petición final, el deseo de publicar en mi blog el contenido del mismo.

Como no puedo negarme, a continuación lo expongo. No incluiré comentario mío alguno, solo cumpliré con mi obligación.

Estimado amigo Anxo:

Anoche tuve la desgracia de conectar el televisor y me encontré con algo inaudito. Buscaba el pase de alguna película que me produjera la somnolencia necesaria para meterme en la cama, y como no me gustan los superhéroes y cosas por el estilo, comencé a hacer eso que llaman zapping, es decir cambiar de canal constantemente. Aunque la verdad, solo observé anuncios. Reparé en una emisora y busqué imágenes. Conseguí conectar con un programa donde se hablaba de que dos millones y medio de niños españoles, según parece, están rayando la pobreza, siguiendo los cánones marcados por el Eurostat (Institución de Estadísticas Europeas).

Escuché con atención los comentarios del director de un Colegio Público mostrando las penurias por las que atraviesan muchos niños, faltos de la alimentación adecuada. Del mismo modo o similar, los realizados por una asistente social de un colegio concertado, a quien muchos padres avergonzados, piden que sus hijos desconozcan la situación de pobreza que atraviesan.

Posteriormente escuché a un miembro de UNICEF y al Padre Ángel, cabeza visible de una organización no gubernativa.

No quiero entrar en divagaciones sobre la necesidad o no de la existencia de ese tipo de Oeneges. Personalmente siempre creí que su presencia obedece a la desafección y dejación que la Administración General del Estado hace frente a sus ciudadanos, olvidando la Ley de Leyes, y claro alguien debe ocuparse en atender a los más necesitados. No quiero entrar si se aprovecha para hacer proselitismo de alguna ideología política o religiosa. Están ahí, y hoy más que nunca son necesarias, a la vista está. Pues sin ellas, más de un conciudadano nuestro se habría suicidado o enfrentado a los guardianes de la ley y el orden, con resultados nefastos, pues está probado que manifestarse ya no es posible.

En esta nuestra España, la disparidad de criterios ha convertido cualquier discusión en poco menos que una guerra civil. Las cifras que unos y otros manejan sobre la asistencia y atención a esos conciudadanos faltos de lo mínimo e imprescindible son, con más frecuencia de la que debieran, manejadas de manera casi procaz. Nuestros administradores niegan la mayor si esas cifras no las han dado ellos, y aquellos que viven cada día su ejercicio solidario, ponen en tela de juicio las citadas por el ministro de turno, a veces más mentiras adornadas de palabras grandilocuentes.

Ciertamente fue más que preocupante escuchar datos y más datos, que para evitar la demagogia, la presentadora y periodista se sintió en la necesidad de ofrecerlos, y no precisamente pergeñados por ella.

Pero hubo algo que llamó aún más atención.

El padre Ángel, debo entender que tal nombre obedece a que es un sacerdote católico, aprovechó la coyuntura para desear que estos momentos de crisis, ya superados según el gobierno, sean eliminados cuanto antes. Sobre todo agradeció a miles y miles de ciudadanos anónimos que se visten cada mañana con eso intangible que se llama SOLIDARIDAD. Sin duda fruto de un sentimiento escondido, sin matiz alguno, pues a ellos, a todos ellos les sale de eso que llamamos corazón y no precisamente en la acepción de músculo que bombea sangre.

Si los miembros del gobierno, para reducir gastos y lograr cumplir con los requisitos marcados por la U.E. son capaces de enviar a la miseria a miles de ciudadanos, y además eliminar cerca de un 80% las ayudas a estas Oeneges, sustitutas de ellos como administradores, y no ejercen sus obligaciones para aquellos ciudadanos que más lo necesitan, la pobreza de manera global, se convierte en algo cotidiano. Comprobé que solo la solidaridad es el eje que suministra y cubre las necesidades mínimas, mal que nos pese, y sin duda alguna vamos camino de la destrucción de un país como el nuestro, la perdida de una generación, además de otras cuestiones más o menos importante, objeto de otros comentarios.

Te mando una tabla para que pongas en ella a aquellos ciudadanos que sin duda también han sido solidarios con esta situación. Yo por mi parte he puesto a algunos.
He pensado abrir una cuenta especial donde poner diariamente 0,50 € como muestra de mi solidaridad. Claro que si los cuarenta y siete millones de conciudadanos que somos en España me copiaran, tal vez con 23,5 millones de €uros diarios, y algo más aportado por aquellos que superan 1000 € de sueldo al mes, más miles de aportaciones de los estafadores y ladrones conocidos, sacaríamos de la miseria a muchos. Quedo abierto a cualquier aportación igual o similar y que alguien indique los pasos que podríamos dar para hacer entrega del fondo a crear.

Supongo que la solidaridad solo la practican aquellos que menos tienen y pese a ello hacen el esfuerzo que a otros, estoy seguro, no les costaría nada.

Acompaño la mencionada tabla de conciudadanos solidarios y otros que no lo son y me causan vergüenza ajena.

  Ciudadanos anónimos        Ciudadanos no tan anónimos ni solidarios
100 ciudadanos
S.M. El Rey de España
1000 ciudadanos
S.M. La Reina de España
4000 ciudadanos
Excmo. Sr. Presidente de Gobierno
9000 ciudadanos
3 Ex Presidentes de Gobierno
12000 ciudadanos
78 Ex ministros y 14 ministros (más o menos).
Presidentes de CC.AA.
20000 ciudadanos
Diputados y Senadores Nacionales y de CC.AA o países
300 ciudadanos
Ex Diputados y Senadores.
350 ciudadanos
Alcaldes, Concejales y Miembros de Diputaciones
565 ciudadanos
Grandes Empresas. Presidente y Multiconsejeros
1250 ciudadanos
Presidentes de Bancos y Multiconsejeros
43678 ciudadanos
Tesoreros de algunos Partidos Políticos (similares al Sr. Bárcenas).
10 millones de ciudadanos
Dirigentes de la Iglesia Católica Apostólica y Romana (que guardan silencio solidario, entre ellos claro está).
1 ciudadano
Miles y miles de personas desconocedoras de solidaridad, respeto y honestidad.

Abusando de nuestra amistad te pido la publicación de este correo en tu blog.
Con todo mi afecto, Juan Español.
14 de Abril de 2014.  


Así lo he recibido y así os lo traslado.
© Anxo do Rego. 2014