martes, 22 de julio de 2014

DOS PALOMAS BLANCAS

DOS PALOMAS BLANCAS

Ambos padres guardaron silencio. Un silencio denso que obligó al doctor a preguntarles si habían entendido sus palabras. La madre no pudo responder, su dolor era tan intenso que las órdenes recibidas del cerebro para hacerlo, fueron imposibles de cumplir. Continuó llorando. El padre sin embargo, sí pudo hacerlo. El suyo era mayor aún, se sentía culpable. Fue quien accedió a comprar a su hijo una tabla de snowboard, e insistió en que aprendiera a deslizarse por las laderas de Sierra Nevada.

—Hemos entendido sus explicaciones doctor. Disculpe a mi esposa. Luis, nuestro hijo, vino tarde a nuestras vidas, y desde entonces ha sido nuestra única razón de vivir.
—Lo siento. No pudimos hacer nada más por él ¿Son ustedes religiosos?
—No.
—Pues deberían. A veces rezar y enviar a Dios nuestro dolor, alcanza respuestas que sirven de consuelo.
—No es el momento para hablar de eso ¿no cree doctor? Le agradecemos sus esfuerzos para intentar sanar a nuestro hijo, pero de eso a recomendarnos rezar, va un abismo. Si cree en Dios, mejor para usted. Respeto su creencia pero le pido haga usted lo mismo con las nuestras. Sobrellevaremos como podamos esta desgracia. ¡Vámonos, Luisa! aquí nada más podemos hacer por nuestro hijo.

El doctor asintió con la cabeza y regresó a su despacho. Luis hijo, aunque vivo, continuó rodeado de cables, sondas y equipos de control en la UVI. Ambos padres volvieron a la planta, le observaron por unos minutos y regresaron a su hogar.

Durante dos meses le visitaron en el hospital hasta que salvado del peligro de morir, se encontraron con una dura realidad, jamás volvería a caminar, ni siquiera a sentarse con su propio esfuerzo. Su joven cuerpo solo podía mover los brazos, el resto, carente de sensibilidad permanecería estático. Solo con la ayuda de sus padres podría valerse para realizar las mínimas necesidades, ahora paralizadas.

Luis hijo, de dieciséis años, siempre fue una persona jovial, alegre, estudioso y capaz. Jamás provocó envidias ni ira en los demás. Ahora los amigos tendrían que ir a verle a su casa, aunque nunca más volvería a disfrutar con ellos como antes, su futuro se había roto en mil pedazos.

Durante el primer año de su vida tras el accidente, ocurrió lo que nunca apetece comprobar. Los amigos no son como parecen. Dejaron de visitarle. Comenzaron a ir cada día, luego espaciaron las visitas, hasta que un buen día no volvieron a visitarle. Únicamente una persona continuó haciéndolo. Amalia, una compañera del instituto, con cierta incapacidad física mantuvo la amistad con Luis.

Sus padres pese a no recibir asignación o ayuda alguna del Estado, por la incapacidad de Luis, debido a las alegadas reducciones presupuestarias, hicieron como cada padre, cuanto deben para facilitar a su hijo una vida digna, aunque ésta sea austera y carente de algunas necesidades.

Él, pese a su situación, se mantuvo alegre y jovial. Tal vez con sus palabras y constantes bromas, permitía a su madre seguir viviendo y con suerte, eliminar la tristeza que la dominaba constantemente. Consintieron en preparar una habitación para permitirle ver desde la cama, las cumbres de Sierra Nevada. Al principio se negaron, el hecho de ver el lugar donde tuvo el accidente y jamás volvería a pisar les echó atrás la idea, pero Luis se forzó lo suficiente para conseguirlo.

Por fin y sin necesidad de levantarse de la cama, sin que nadie le posara sobre una silla de ruedas, podía ver el horizonte y en él, no solo Sierra Nevada, también las nubes, el sol y sobre todo pájaros. Pájaros libres, volando, moviéndose de un lado a otro, posándose en la rama de un árbol. Acudiendo al nido que hiciera con su pareja llevando en sus picos, ramas, hojas y demás para conformarlo, donde nacieran sus crías.

Durante meses, día tras día, Amalia pasaba horas junto a Luis. Pertenecer al mismo curso en el instituto le permitió continuar con sus estudios, sin necesidad de acudir. Ella fue facilitándole apuntes que él corregía, aumentaba o disminuía. Juntos aprobaron el curso, pues consiguió que un equipo de profesores visitara a Luis y lo examinaran.

Sus padres consiguieron sobreponerse. Agradecían gustosos el bien que Amalia proporcionaba a Luis.

Cada día al acabar la jornada de estudio, ambos jóvenes se tomaban de la mano, se miraban a los ojos y soñaban. Miraban el horizonte y tras unos minutos, ver como dos palomas blancas se posaban en la ventana.

—Algún día volaremos como ellas —repetía Amalia cuantas veces sucedía.
—Algún día volaremos, no lo dudes —contestaba una y otra vez Luis.

Al acabar la frase, un intenso resplandor azul inundaba la habitación.

El tiempo pasó y sus corazones cada día parecían estar más unidos. Las caricias prodigadas por uno y otro, terminaban minutos antes de que la madre de Luis apareciera con la cena. Algunas noches ambos lo hacían juntos, otras Amalia, no sin el oportuno sinsabor, se despedía de Luis para regresar a su casa, junto a su hermano mayor, único miembro de la familia que no viajó en el coche aquel nefasto día del accidente. Era el momento de mirar con ternura a Luis y mientras le besaba en la mejilla, decía tenuemente, algún día volaremos como ellas y él con el mismo tono contestaba, algún día volaremos, no lo dudes. Sonreían cómplices. Luis estiraba su brazo izquierdo y enlazaba sus dedos con los de Amalia. El brazo de ella se iba retirando, y poco a poco el enlace iba desapareciendo con añoranza para esperar ansiosos el siguiente día.

El día en que Amalia dijo a Luis debía ingresar en la universidad para cursar estudios superiores, ninguno quiso admitirlo. Fundieron sus manos, se miraron a los ojos y se besaron como nunca antes lo habían hecho. Durante unos minutos el silencio fue el único dueño de la habitación con vistas a Sierra Nevada. Después.

—No quiero abandonarte Luis.
—Yo tampoco deseo que te marches. Eres mi paloma, mi vida, mi luz, mi esencia.
—¿Que podemos hacer?
—No te preocupes, lo tengo todo preparado.
—¿Cómo?
—Hace tiempo que he preguntado y nos lo han concedido. Imaginaba que tarde o temprano ocurriría algo que intentara separarnos.
—No comprendo.
—¿Recuerdas el resplandor azul? Pues han aceptado nuestra petición. Ya verás, solo tenemos que elegir el día.
—¿Para qué, Luis?
—Para ser libres. Tú no volverás a necesitar las prótesis de tus piernas para caminar, ni yo a alguien que me incorpore para realizar lo más necesario. Seremos completamente libres. Siempre estaremos juntos  ¿Me seguirás?
—Naturalmente.
—Entonces elijamos el día.
—Luego.
—No podemos despedirnos personalmente, ellos nos lo impedirían.
—Lo sé. ¿Entonces?
—Escribiremos unas notas.
—De acuerdo.

El día elegido fue el mismo en que los padres de Luis tuvieron que visitar a un familiar lejano.
—Amalia ¿Te importará llevarle a Luis el almuerzo?
—En absoluto. No se preocupen, yo me ocuparé de él.
—Gracias.

Ambos jóvenes quedaron solos en la casa. En el momento elegido, tomaron lápiz y papel y pusieron en ellos su despedida. En ambas notas firmaron Amalia y Luis.

Cuando los padres de Luis entraron en la habitación ocupada por Luis, no le encontraron, tampoco a Amalia. La ventana estaba abierta de par en par. La cama impecablemente hecha y sobre ella, dos notas escritas junto a un sobre, sujetas con dos pequeñas figuras de palomas blancas.

En las notas dirigidas a los padres de Luis, se explicaba con detalle, la decisión que ambos jóvenes habían tomado. La leyeron, y tal y como pedían, llamaron al hermano para que estuviera presente cuando abrieran y leyeran el contenido del sobre.

Transcurrida una hora, el hermano de Amalia llamaba a la puerta. Primero le dieron la nota que su hermana le dirigía. Más tarde los tres pasaron a la habitación de Luis y abrieron el sobre. Otra nota lo ocupaba. La madre se encargó de leerla.

Queridos padres y hermano:

No tengáis pena por nuestra desaparición. Nos vamos a ocupar el espacio que nos tienen reservado ellos en otro mundo. Un mundo sin prótesis para las piernas de Amalia. Un mundo donde no necesitaré de vosotros para asearme, vestirme y alimentarme. Ahora ella y yo, Amalia y Luis somos unos seres libres, podremos desplazarnos donde nos apetezca, sin miedo a nada ni nadie, donde nuestro futuro lo diseñemos nosotros, y nadie directa o indirectamente nos ponga cortapisas o impedimentos.

Lo sentimos por vosotros, pero no os aflijáis, estaremos junto a vosotros tantas veces como nos lo pida vuestro corazón. Os solicitamos que no derraméis una sola lágrima. Todo ha sido muy sencillo, solo tuvimos que pedirlo con fuerza al resplandor azul y nuestro deseo se convirtió en realidad.

Cada vez que veáis volar juntas dos palomas blancas no dejéis de mirarlas, hablarlas, y acariciarlas, no os extrañéis si sus picos se acercan a vuestras manos. Saber que somos nosotros. Os prometemos estar siempre juntos, el resplandor azul nos lo prometió y ayudó a ser lo que ahora somos. Volaremos desde donde estemos para posarnos en la ventana que nos dio la vida, donde vimos el horizonte que necesitábamos, el lugar donde viviremos felices. Con la misma felicidad que deseamos para nuestros hermano y padres

Con todo nuestro cariño Amalia y Luis.

Los tres adultos se miraron. Una mezcla de tristeza y nostalgia les invadió de inmediato. Desearon con suma fuerza volver a ver a aquellos dos jóvenes, sin embargo solo vieron a dos palomas blancas posarse en el poyato de la ventana.


© Anxo do Rego. Julio 2014

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